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ESPAÑA FESTIVALERA

En España somos muy de festivales. Nos gusta lo que implica esa palabra, festival festivo fiesta, así que cada vez que llega el verano sacamos las banderas a los balcones, porque en España somos muy de sacar la bandera para ornamentar las fachadas recién encaladas tal y como ordena le alcalde en su bando estival que es palabra hermana siamesa de festival.

Así que los festivales salpican la geografía y la topografía de cada verano con sus cines, sus pinturas, sus músicos y sus músicas y su teatro porque el teatro es el rey del festival.

Así que cada año, Chinchilla, ciudad en la hayamos parada y fonda los del Aire de la Cope, anda todavía embebida del requiebro en verso y el soliloquio de reyes destronados a punto de serlo.

Pero también en las tablas retumban las puertas que se abren y se cierran para dar salida entrada a maridos cornudos, amantes despechados, avaros y criados chismosos. La comedia y la farsa no faltan en las obras que los cómicos de la legua y la lengua han ido llenado las noches de esta ciudad que aún vive adornada con pendones ye estandartes en un mercado medieval que les saca los colores, los auténticos, a sus viejas piedras, muros y casonas palaciegas.

Lo dicho el verano es un festival.

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