martes, 21 de febrero de 2017

VAMOS PAGANDO




 
Cuando sonó el despertador nuestro protagonista ya tenía números rojos en la cartilla. Le cargaron el recibo del espotifí del niño y le faltó un euro. El tipo del banco le aplicó 20 euros de comisión por devolver el recibo y otros 36 por tener la cuenta en débito. Sin comerlo ni beberlo, el cafelico de la mañana, su compañía eléctrica; la que tanto mira por el verde ambiente y colorea de verde rabia a su clientela con recibos de 200 euros al mes; le aplicó la subida de la luz por culpa de la falta de lluvia y del aire para mover los molinillos y las turbinas. En la radio uno de los ministros importantes decía que había que acostumbrarse a pagar la luz cara y nuestro amigo pensó que también habría que acostumbrarse a aguantar a gobernantes incompetentes. Aún no sabía que en el buzón le esperaba el requerimiento municipal para pagar el derecho a cruzar parte de la acera de su calle para meter el coche en el garaje y una carta, con matasellos de León, que contenía una foto suya a más de 50 kilómetros por hora en un tramo de travesía  limitado a 30. Mientras se afeitaba se acordó de que tenía que pasar por lo del gestor a pagar los módulos de su cuñao y recoger todas las facturas para declarar el IVA. Echando la segunda cucharada de colacao a la leche cayó en la cuenta de que había que pagar la contribución, la rural y la urbana. El pedazo de olivas se tragaba, entre abonos, cobre, yerbicidas, podas, quema de ramón y jornales, todas las ayudas y parte de sus domingos. Además, desde que le dejó los cien olivillos el abuelo, tuvo que pagar el impuesto de sucesiones, registrar y amillarar a su nombre pagando a precio de oro cada palabra del documento como si fuera de un libro miniado, la propiedad de la finca. Trozo de tierra que tuvo el efecto secundario de subirle la renta anual y por tanto le denegaron la beca a la niña que estudiaba en la universidad. Tuvo que tomar nota mental de pagar el noveno plazo de la matrícula, el recibo de la hipoteca y el interné y el teléfono. Tendría que ir a Correos porque ahora en los bancos sólo podías pagar recibos en el periodo de tiempo que va desde que Júpiter se alinea con Saturno en la casilla de Piscis, eso si eras cliente, martes de un mes par en año bisiesto y tenías un par horas que perder de tú tiempo en unas colas en los que ha habido gente, cuentan las leyendas, que se han sacado carreras en la UNED esperando turno en la ventanilla. Un ingreso o una transferencia te sale por un ojo de la cara. Es más barato ir a las Islas Caimán, echar una semana en sus paradisíacas playas, a meterle pasta a la tarjeta del niño que está de Erasmus en Lituania. Nuestro protagonista terminó de colocarse la chaqueta y enfiló hacía el curro dónde le esperaban las retenciones del ierrepeefe, la aportación a la formación laboral, el 70% en impuestos  de los 10 euros de gasoil que le puso al peyot.
Esa mañana iba yo camino a mi poyete, como cada semana y lo saludé
— ¡Buenos días Manuel! ¿Cómo va la cosa?
— Pues no va mal. Vamos pagando
 

martes, 7 de febrero de 2017

YO ME ACUERDO


Qué somos si no un batiburrillo de recuerdos y memorias. Una sombra en el quicio de la puerta durante un breve verano. Si acaso la silueta descansando en la cerviguera o el fugaz pestañeo de un relumbre en el poyete de la alberca de la vida. Así andaba yo el otro día ensimismado en mis cosas con esta y otras reflexiones cuando me vino, como de soslayo y refilón, el recuerdo de aquella jornada de trompeteo neroniano. UN día en el que abundaron los trajes de alpaca recién estrenados, los correteos de los correveidiles por los corredores del campus. Una fecha pródiga en empujones y codazos protocolarios en la que, muy principales figuras, anunciaron que la provincia tendría una facultad de medicina.
Por fin, dijeron tan primordiales personas, los jienenses podrían  hacer el juramento hipocrático aquí al lado sin tener que irse donde atan con longanizas a los perros que a nosotros nos rehúyen. Añadieron que era de justicia y lo mismo que llegaron, con alardes timbales y címbalos, se fueron y aquello quedó en un recuerdo que el otro día se me salió por un agujero de la memoria, pero que destapó los tarros de unas esencias jaeniles que huelen igual que un libro olvidado en el desván o en la camareta de la casa del abuelo. Hieden a moho, a cagadas de murciélago, a humedad y a desprecio por el tiempo perdido. Así se me junto aquella facultad de medicina hundida en la desmemoria colectiva con mi facultad de acordarme de las cosas que nunca lo fueron. Los asuntos que jamás se volvieron tangibles. Las aéreas promesas nunca transformadas en sólidos ya que jamás tuvieron la intención hacerlo. Todo esto y más me evocan los humores invernales de estas lluvias tardías. Los médicos que jamás estudiarán en Jaén. Las traviesas de las vías que sólo se colocaron en los papeles que sirvieron como envoltorio del pescado o que acabaron clavados en el alambre para la urgencia en la letrina. Asuntos de trenes perdidos y de chavales que jamás serán como Tom Sawyer porque se han quedado sin vagones en los que hacer de polizones. La mentira ha ido percolando nuestra realidad, filtrándose años tras año y presupuesto tras presupuesto. Las estaciones fantasmas entre vías verdes de zumaques y grama. Los puentes desbalaustrados dando arcadas sobre arroyos y corrientes por los que descienden las almadías rumbo a los puertos capitales en los que hacer carrera prometiendo en los nacimientos las riquezas que se quedarán en las desembocaduras. Jaén un Orinoco que ha ido sedimentando de cargos públicos su lejano delta. Limos y barros que jamás volvieron a pensar en las serranías de las que brotaron. De esto y de otros asuntos me iba yo acordando hace unos días mientras hacia sombra, una fugaz memoria de papel en este poyete de cada lunes

jueves, 26 de enero de 2017

LA FRACTURA DE LA LUZ




Las nuevas preferentes son las facturas de la luz. Me lo dijeron el otro día mientras apuraba un café mañanero. Ni siquiera la chica de la última página del As levantó, en la barra del bar, tanta intensidad en la charla de los parroquianos como el anuncio de que la luz seguiría subiendo, subiendo y subiendo. Cada vez que apretamos el interruptor le abrimos la puerta al sheriff de  Nottingham para que nos esquilme la faltriquera sin que ningún Robin Hood lo frene. Los villanos y los héroes están en los mismos consejos de administración y al bosque de Sherwood lo han convertido en un resort de lujo ecológico. Así que mientras arrecia el frío y se enchufan los calefactores ellos se frotan las manos con las pingües ganancias con las que atusarse el bigote mientras sigamos con el electrodos puestos en los testículos: o pagas o te los corto con una descarga. Y quienes deberían poner coto a estos desmanes andan como los personajes de Stevenson,  Fettes y Macfarlane, repartiéndose el botín, antes incluso, de que nos entierren. Pero como decía mi compadre en el bar: las facturas de la luz son las nuevas preferentes y esto ha comenzado a generar cierto movimiento que podría propiciar que el saqueo, al menos, no fuera tan desvergonzado y a las claras. Que nos lo hagan de una manera más disimulada y sin limpiársela en las cortinas del salón. La gente se está cabreando y eso no es malo del todo. Estar hasta la coronilla o hasta la polla (como a usted le venga mejor) genera cierta energía positiva que ayudaría a ponerle las pilas a los que se nutren de nuestra energía y empiecen a tomarnos en serio, o como Montresor, podríamos emparedarlos como a Fortunato mientras brindamos con amontillado. Razones no nos faltan y a los de la factura eléctrica podríamos unir la decaída salud de caminos, canales y carreteras. La menguante cartera de servicios sanitarios a precios razonables o la necesidad imperiosa de taponar la emigración de nuestros jóvenes a tierras más prósperas y esperanzadoras. Es de chiste, por ejemplo, que los triunfos deportivos más importantes de los últimos tiempos se tengan que celebrar en Ciudad Real, por la falta  de un pabellón de deportes digno. Claro que se podría buscar una solución rápida y barata y que ya se ha utilizado con el aeropuerto de Granada. Se podría hablar con la autoridades manchegas y rebautizar al polideportivo como el Quijote-Arena-Jaén y aquí paz y allá gloria. Y no seguiré dando ideas por si me hacen caso y nos pasa como al juez Joaquín Zarco que tirando de un clavo sacó un calavera y con ella una tremebunda historia de venganzas y bajas pasiones. Apaga y vámonos o mejor deja encendido y nos quedamos. De una u otra forma nos van a fracturar

domingo, 15 de enero de 2017

LA PROVINCIA MENGUANTE

 
A la provincia le está pasando como a Scott Carey el protagonista de la novela de Richard Matheson. Jaén se está encogiendo, menguando y empequeñeciendo mientras se engaña a sí misma diciendo que es la realidad lo que crece a su alrededor. La neblina misteriosa que se depositó en sus predios en los años en los que todo era oropel, brillo y dispendió acabó por afectarla de tan maravillosa manera que hasta los años le van quedando largos. Le sobran sus días y muchas de sus noches. Me lo dijo un poeta, que sin saber que lo es, acertó a pasar por este poyete: amigo aquí se acabó el año en el mes de julio, lo demás ha sido lana dada de sí en este chaleco al que se le va yendo la gente como se le fueron, hace tanto, las mangas. Y de la misma manera acabó yéndose por el desagüe del calendario, con un inaudible gorgoteo, este 2016 en el que se repitió el agujero de liderazgos y la orfandad de proyectos ilusionantes. Los titulares y los presupuestos generales de las administraciones son una repetición de las campanadas de cada año. Seguimos a la espera de que nos visite algún joven Hans Castorp y escriba la gran novela del tiempo detenido entre olivares, serranías y hornos que doran magdalenas al estilo Proust. Hermoso sanatorio éste en el que los óleos alargan la vida y la lenta forma de llevarla a cabo. Montaña perdida de mágico tiempo que se enfrenta de nuevo al calendario con tantas cosas pendientes y aun por aprender. Jaén sigue a la espera de que alguien le escriba la gran novela. Alguien que la fije y le de esplendor cómo a la Vetusta de La Regenta o a La Muerta de Brujas. Pero esta ciudad y esta provincia siguen como el coronel de García Márquez, criando alcaravanes a la espera de que lleguen las cartas con las subvenciones. Las ayuditas y prebendas que animan el cotarro mesero y terrazil de casinos y mercantiles en los que los notables, sesudos y mesándose barbas y ajustándose las leontinas, discuten sobre las pintadas aparecidas en los muros monumentales, el tamaño, textura y número de las cagadas de los canes de compañía, lo lejos que les sigue quedando el mar y lo cortos que llevan los pantalones y lo largo que lucen faldas. La provincia, mohína y con escarcha en los bigotes se asoma al pretil del balcón 2017. La  niebla sigue cubriendo el valle de los wadis que bautizaron los infieles que aún llevan en el corazón campiñas y roquedos. Paisajes rotos por el ruido de máquinas y gentes que cosechan lo del año para seguir adelante con unas rentas que se encogen, empequeñecen y achican como el increíble caso de esta provincia menguante de gentes y de ilusiones que esta semana volverá a coger coches, trenes y autobuses para dejar la que fue su casa y su tierra, ahora tan encogida que ya no les deja sitio para seguir
 

martes, 13 de diciembre de 2016

428 PALABRAS


Tengo 428 palabras por delante para cumplir con mi compromiso semanal en este poyete de papel. Sentados no cabemos más allá de un servidor y unos 1975 caracteres en forma de mirador de lo que pasa por estos lares en los que se hacen más fotos que cosas. A la vista está en las páginas de este diario el rosario de barandas de la cosa pública que vienen a fotografiarse delante de la catedral de Jaén, bajo la mirada blanqueada por las cataratas de Fernando III El Santo. Gente que parece teletransportada por los flases de cámaras y telefonillos. Lentes de la memoria que fijan las elevadas visitas y sus declaraciones llenas de amor por el suelo que pisan y que se diluyen, como las páginas de este periódico, envolviendo el pescado de la semana, protegiendo de goterones el suelo de la habitación, urgente solución para el apretón inoportuno y  sustituto de emergencia de terciopelos de doble hoja. Se quedan las fotos y se quedan los baches en las carreteras tristes y con  las cunetas encogidas por el olvido y la grama devoradora que se queda con todo aquello que se ignora o se pierde. Se encargan marcos de plata y se hace alijo de cáncamos y alcayatas para colgar los momentos en los que la principalidad tomo la sombra de las torres vandelvirianas. Me encargaron 440 palabras y me quedan menos de la mitad para llegar al final como la semana que acaba de empezar y que registrará más visitas de notables gentes a fotografiarse con los olivos de fondo y los aplausos de los propios y los silbidos de los ajenos enmarcando un momento que terminará en la mesilla o en el mueble bar de los que hicieron valer su selfi en estos momentos que glosan televisiones como definitivos puntos y aparte de la historia. Muchos se harán la foto del yo estuve allí con ellos y ellas se dejarán hacer las instantáneas con afectada telegenia de academia. Hablarán de lo importante que es esta gente y esta tierra para el devenir y el desarrollo futuro. Frases que subrayaran mirlos que anidan en las catenarias del tranvía, los tordos que chiflan carcajeándose de sus vecinos por los tejados y el estridular de los escarabajos que minan los carriles silenciosos de aldeas y poblachos a los que ya no va nadie a fotografiarse, ni principal ni último. Lugares en los que ya no queda nadie y las arrugas de sus paisajes parecen una hoja de periódico atrasado con este viejo poyete impreso y sus 428 palabras semanales
 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Nunca pasa nada. ¡Cómo mola vivir en Jaén!


Hace unos días la vía ferréa se cortó durante unas cuántas horas entre las estaciones de Larva y Huesa a causa de una avería. Los Talgo entre Madrid y Almería quedaron detenidos. Aquello apenas dió para un breve titular en las noticias. A mi me recordó que en septiembre de 2007 sentado en mi poyete atiné a escribir un texto titulado «¡Cómo mola vivir en Jaén». Nueve años más tarde, con más musgo en la piedra, más arrugas en el rostro y más decepcionado que ayer, pero menos que mañana, sigue vigente:

«Esto es un autentico paraíso en el que la vida transcurre apacible, sin sobresaltos y sin que se monten unos tremendos pollos cada vez que el tren de cercanías no llegue por culpa de una catenaria averiada.1º en Jaén no hay cercanías y por lo tanto estamos libres de esos soberanos sustos y 2º, aquí la peña no es tan toca pelotas como lo son catalanes y madrileños, que por que se colapsen los servicios ferroviarios o se inunden tres tramos de la M-50 empiezan a dar el coñazo con que en esas circunstancias no se puede vivir, que se quedan sin puente esa semana, que si las vacaciones se les estropean...
Fíjense, sin ir más lejos, aquí en Jaén somos tan longevos por que no nos hacemos mala sangre con lo del tren y con lo de las autopistas de peaje. Aquí se cortó la vía del tren en Las Madrigueras y a la peña la montan en un autobús hasta pasar Linares-Baeza y van tan contentos sin que les griten a los micros de los telediarios que lo que ocurre es tercermundista: primero en autobús, luego andando, luego en el coche de San Fernando hasta que llegas a tu vagón… disfrutando del paisaje que tenemos en la provincia y sin joder a nadie con la cantinela de que llegas tarde a la boda de tu prima o a recoger la llave del apartamento.
Ya ven, aquí una tormenta se lleva la vía, el talud, las traviesas y no nos enteramos de que hasta sabe dios cuando por ahí no pasan los trenes y Santas Pascuas. Con tranquilidad, con dos güevos.
A quién le molesta el ruido del aviones al despegar en esta provincia…pues a nadie… que para eso hemos sido mas listos y les hemos colocado las pistas a los granadinos para que ellos apechuguen con las molestias y nosotros a la breva, a lo bueno, a recibir turistas a mogollón que están las estadísticas que se me salen de las celdillas del Excel.
Y si nos hemos librado de la contaminación acústica de los A-380 y los Jumbo que me dicen de nuestra astucia y sagacidad que nos ha escaqueado de aflojar peaje en las carreteras y de la sangría del tío de la caseta.
Si es que aquí vivimos como Dios. Sin sobresaltos, ni repelús. A ver amigo lector cuándo fue la última vez que tuvo que hacer cola para entrar al teatro a disfrutar del Rey Lear, pues nunca. Por que aquí hacemos cola para cosas importantes, como para ir al médico o para firmar la tarjeta del paro, o para coger la tapa de las cañas, porque esa es otra, dónde ponen tapas gratis con la cerveza. Si es que hay que dejarse de tantas chominás y disfrutar de lo que se tiene.
Además los españoles ya no se conforman con nada y están siempre dando por saco, no como nosotros que estamos tan contentos y tan longevos con este aceite de oliva que es un primor para el colesterol, que ni los japoneses viven mas que nosotros y por eso se suicidan como lemingos, seguro que es por que les nubla la cabeza el ir montados en el tren bala que tienen en Tokio, que eso no tiene que ser ná bueno el correr tanto ¡coño!»

No me extrañaría que con esta tropa que sigue al mando publique este texto, otra vez, dentro de nueve años. Buen puente

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LLUEVE




Llueve y los chubascos trazan de verdín y ova los bajos de este poyete. Llueve y la lluvia es la gran noticia de esta tierra apegada al terruño y que baila al ritmo caprichoso de cabañuelas y los cabañuelistas del Congreso de los diputados. Siempre a la espera de una borrasca. Siempre a la espera de que caiga una sinecura, un carguillo, un puesto, una colocación o una paga para pagar los servicios prestados desde la Reconquista. Llueve en Jaén de medio lao, con malafollá cuasi granaína mientras la bailenmotril se llena de coches rumbo a la ciudad de los piononos y los decatlones a la celebración del blacfraidei en el nuevo centro comercial. Llueve en Jaén mientras el fango atasca las ruedas del carro del desarrollo de los boletines oficiales. El barro y los alcanciles silvestres medran en los solares adormecidos por el ritmo cansino de la lluvia macondesa y cansina. Los carriles y caminos del monte y la campiña son lodazales burocráticos en los que se embarran los proyectos e ideas de progreso. Llueve en Jaén y en Granada y en Huelva la gente se echa a la calle sin paraguas para decir que no les toquen más los hospitales ni los genitales. Que ya está bien y que hasta aquí llego la riada del mando yo. Llueve en Jaén sobre los carteles de obras fantasmas que parecen autocines americanos en los que ya sólo aparecen, de cuando en cuando, los fuegos fatuos y las luces mortecinas de unas olvidadas y polvorientas estrellas del titular y la crónica. Llueve en Jaén y se van por las alcantarillas las hojas que una vez fueron verdes y que el eterno otoño dejó caer sobre la calles que siguen callando mientras se doran y arrugan a la espera del invierno demográfico que anuncian los hombres del tiempo futuro. Llueve de través sobre el campo y sobre los tejados de un millar de casas deshabitadas en las que el agua, los ratones y los pocos autillos supervivientes del cementerio de pueblo hacen sus nidos, sus agujeros y socavan túneles y horadan y pudren maderas y cimientos. El tiempo se orina y se oxida los barrotes de ventanas y barandillas y la lluvia incansable, escasa e intermitente en sus regresos se abraza a las raíces de árboles y vecinos y los hace bailar una danza de mesa camilla, braseros de picón y de leña de olivo en estos tiempos de fracturas eléctricas desorbitadas para hacerle el caldo eólico, y el otro, a los que, cuando escampe, volverán a prometer el oro, el moro y hasta Boabdil en Fort Knox si es necesario para que el gatopardo siga siendo ambas cosas y que todo cambie lo justo para que siga lloviendo igual. Llueve en Jaén y la lluvia desdibuja los contornos de campanarios y cerros. Se borran las siluetas bajo la manta húmeda y gris del agua que recuesta su cabeza sobre una almohada hecha de montes y sierras. Llueve sobre Jaén y el agua empapa las hojas de este periódico olvidado en el banco de una plaza y la tinta se corre dejando unas titulares borrosos, casi borrados, como palabras a med…

MOEBIUS EN JAÉN




No sé si me pesan los años o el hastío. Vuelve Perico a girar el torno y la borrica a dar vueltas a la noria de esta realidad jaenesca presa en la cinta de Moebius. No paramos de andar pero siempre estamos sobre la misma superficie, el mismo carril, no llegamos a ningún sitio. Es una briega constante cómo nadar en un bol de mantequilla espesa. Es estar hasta los güevos de dar pedales y descubrir que la bicicleta es estática. Así seguimos. Así nos va. Yendo y viniendo en esta máquina del tiempo en el que se ha convertido los titulares de la prensa diaria. Viaje alucinante a la repetición, sufriendo el amarillo ictericia de la iteración, de esta moviola que proyecta, sin solución de continuidad las mismas imágenes.
A lo no hecho me remito y sus hechos inconclusos como las tuberías para sacar el agua de la presa de Siles ¿las tienes que hacer tú o las tengo que hacer yo? En cualquier caso lo único invariable; como en el universo la constante de la velocidad de la luz; es que esas obras las vamos a pagar los ciudadanos con nuestros impuestos. Así que por qué no las hacen de una maldita vez y dejan de mirar hacia otro lado mientras se pierden las aguas del Guadalimar por ese desagüe de la incapacidad que exhiben para no ponerse de acuerdo. Vendrán tiempos de sequía y arreciaran las lluvias de las críticas y se quejarán de la llegada de los bocachanclas, de los populistas y de los salvapatrias.

Entenderíamos que si el dinero para hacer la presa de Siles y sus tuberías saliera de sus bolsillos que se hagan, como lo hacen ahora, los remolones y se largaran a mear a la hora de pagar a escote la cuenta de la obra. No nos resultaría para nada raro que si los fondos para cargar las pilas del tranvía fueran con cargo a las cuentas corrientes de sus señorías se pelearan hasta el último aliento para no aflojar la cartera. Pero no son estos los casos. Aquí los que abonamos las consumiciones somos nosotros. Somos las partículas elementales de este universo, somos los que pagamos, somos las cuerdas que vibran para que la realidad salga de este bucle de aburrimiento en el que no están hundiendo. Debemos de darles un buen par de collejas, virtuales, para que se distraigan de ese choque de frases hechas a cámara lenta, de las acusaciones desgastadas de tanto usarlas, de ese hastío argumentario de partido, del tejido de este tapiz brumoso para tapar mediocridades y mediocres, de las nubes de humo que no remontan vuelo. Ya va siendo hora de recordarles que la pasta es nuestra y que por lo tanto se la tienen que gastar en nuestro beneficio, que es el de todos. Ya no serían soportable otros siete años de discusiones sobre las tuberías en Siles, de dónde se hace un centro de salud o a qué destinamos un solar… ya está bien. ¡Hagan el trabajo!  Rompan la banda de Moebius de una vez por todas

martes, 15 de noviembre de 2016

Los Ráner


A la gente ahora le ha dado por correr. Lo hacen por gusto algunos, por necesidad muchos y otros para maquear ante la peña con mallitas y zapatillas a las tres de últimas: generación, tecnología y diseño.
— ¿pronas o supinas?
— yo empecé pronando y ya ves voy supinando poco a poco.
Es decir que si echas los pies padentro, lo que antiguamente era ser zopo, eres pronador. Si por el contrario corres poniendo los pies como marcando las diez y diez eres tope supinador. Ser un ráner es más complicado de lo que parece. Ya no vale con ir a comprarse unas bambas, unas tenis, unas keds. Hay que ir a mercarse unas zapas y con el número de pié hay que especificar si pronas o supinas
—¿me da unas tórtola del 42 y medio para supinador?
—no me quedan ná mas que de suela neutra ¿se apaña?
—entonces me espero a que se las traigan, Por ahora me llevo una camiseta técnica, de tejido inerte y con  costuras reflectantes
—tengo unas baratas, antibacterianas con regalo de una felpa con luz de led para el pelo
—Ponme cuatro, que no me digan que soy un sinluces
Ya ven amigos. Ser ráner es algo más que ponerse a correr. Es una filosofía, un credo, una actitud, un desahogo ante la realidad que vivimos. Hasta no hace mucho cuando corrías por los carriles en los pueblos de Jaén o te tiraban piedras por raro o se creían que venías escapao de los Prados. Un riesgo. Menos mal que todo se ha ido normalizando y lo de correr es parte del paisaje. En mi pueblo a falta de trabajo la vía de servicio de la Nacional IV y la de la Bailén-Motril se ha llenado de peña ráner. Más vale desfogar sudando por esas cunetas que ponerse a pensar en los inútiles que nos están llevando, junto a Teruel y Soria, a tener menos densidad poblacional que el círculo polar ártico. Cómo dice mi amigo Hasse, que es un sueco y nunca se lo hace, allí por lo menos hay alces y renos, pero en Jaén tenéis un aeropuerto en Graná que eso es como lo de tener un tío en el paseo del Violón, que ni es aeropuerto ni es ná. También, dice mi colega nórdico, que en la provincia tenemos unos cuantos parientes en la Junta pero que siguen sin dar con la tecla buena para que suene la flauta. Y a dos paisanos en Hacienda, añado yo, en puestos muy principales pero que la declaración de la Renta nos sigue saliendo a pagar. Corramos

miércoles, 9 de noviembre de 2016

TECNOACEITUNEROS


El campo se ha llenado de máquinas. La ruralidad ha ido pereciendo ante la mecanicidad que lo ha ido invadiendo en los últimos años. El canto de los chichipanes, cuínes y jilgueros ha sido sustituido por el siseo de tubos de escape y el graznido ronco de sopladoras y cuads. Los tractores son más numerosos que las ginetas o los lagartos en las campiñas olivareras, Los únicos insectos palo que quedan son las vareadoras neumáticas.  Las boinas y gorrillas de visera han desaparecido de la testa de los agricultores. Ahora gafas de realidad aumentada, drones y aplicaciones agroinformáticas son las que marcan lindes, perfilan padrones y el pellizco justo de cobre o nitrógeno que hay que poner en los troncones. El campo ya no es lo que era. Ya es lo que será en el futuro. Poca gente, mucha producción. Jornaleros de smarfones y vareadores del big data para extrapolar producciones, rendimientos grasos y estado del fruto. Las cuadrillas ya no cantan aceituneros del pío pío ¿cuántas fanegas habéis cogío? Teclean en las tabletas y aipades horas, kilos, niveles de humedad y grados de erosión. Tampoco ya se cantan al cruzarse por los caminos camino al tajo, ¡¡¡meooones, meooones, meooones!!! en sana rivalidad de grupo aceitunero. Si acaso intercambiaran güasaps y memes mofándose de la gilipollez del día. Ahora la cosecha se hace temprana, extra temprana y madrugante. Lo de parar a fumar a las doce… un delito casi. Los manigeros ya no vigilan diciendo a los aceituneras «vamos nenas con las dos manos que con una amarga (el aceite)». Ahora son políticamente correctos, eficientes y profesionales «aceituner@s no hay que mezclar las del suelo con el vuelo. Tenedlo presente todos y todas y que la que quede para los zorzales y zorzalas que hay que cuidar la biodiversidad». Tampoco se paga a diario en casa del dueño de la finca. En lugar del sobre de papel manila te hace una transferencia por la ruralvía y santas pascuas. Las campañas se han reducido en su duración y en menos de dos meses la aceituna ya está molturada. Así ya no da tiempo para nazcan romances en los tajos. No hay tiempo y tampoco hay casi mujeres ya que han sido desplazadas del campo por las máquinas y los hombres que las manejan. De los doce millones de jornales que se ganaban los jienens@s en cada campaña olivarera hace unos años se ha pasado a tan sólo seis millones en la actualidad. El olivar se ha hecho más pequeño y las cuadrillas de jornaleros también. Ya nadie canta lo de «esta noche ha llovido, mañana hay barro, esta noche ha llovido, mañana hay barro, pobre del carretero que va en el carro», pero menos mal que suena en el spotifai del tractorista cada mañana por los carriles y camino del tajo. Al menos eso nos queda. Que se dé bien y buena cosecha