
La llave para abrir la puerta a la imaginación no está hecha de metal, tampoco de kilobytes so impulsos electromagnéticos. La llave que nos lleva a otros mundos se fabrica con palabras y se hace y rehace cada noche en el cabecero de la cama de un niño al decir: “había una vez…” o “érase que se era”.
Ese es el momento en el que la imaginación descorre los pestillos de ventanas y cancela para dejar que sople el aire fantástico de los cuentos que huele a interiores de bosques profundos, a saliva ardiente goteando del colmillo de un dragón, a ladrillos de chocolate y a muros de caramelos. Cuentos que suenan a cascos de caballos principescos resonando en las calles empedradas. A bestias encerradas en palacios y a bellas cautivas de la pobreza. Son los cuentos que nos contaron y que luego contamos nosotros y que seguirán siendo contados por los que ahora los viven con la sabana subida hasta la barbilla preguntado por el conejo blanco que llegaba tarde y por el destino del anillo único.
Cuentos que no ahorran detalles y que hablan de la maldad humana que lleva al asesinato por envidiar la belleza de la juventud. Gente que engatusa a los chavales para meterlos en un horno y luego devorarlos. Padres que abandonan a sus hijos en el bosque y niños que se buscan la vida como pueden con migas de pan en el camino. De gobernantes estúpidos que se creen elegantes cuando van desnudos. Reyes que sojuzgan a sus súbditos con la crueldad de los pusilánimes.
Ministros que conjuran y que colocan agujas emponzoñadas en las cunas de los recién nacidos para acabar con posibles herederos. En fin cuentos… quizás no tanto
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