
Las vacas bajan flacas por la ladera empinada de esta cuesta económica. Los días de vino y rosas, de fotos y porta carpetas se han acabado. Se han terminado los fondos para comprar cascos de luxe para lucir cuerpo seguro ante los atónitos albañiles que solían sonreír, la gente suele ser educada, cuando les saludaban al pasar por su andamio y posar para un par de decenas de fotógrafos, los propios y los ajenos.
Ya no hay más agua en el pozo para poner en pie pirámides y zigurats discutiendo sobre los matices del protocolo y si éste, ése o aquél (siempre con acento, negrilla y cursiva) se sentaban al lado de, junto a, detrás de… y toda una colección de proposiciones ante la que ya no cabe, más, para ni por.
Agotados han quedado los calendarios en los que la miel y los caballos purasangres de la berlina azul marino pasaban de largo ante mil y un controles de carretera. Lejos se hallan aquellas mesas repletas de canapés y micrófonos. De agua de botellas de cristal, que el PVC hace muy feo y gardenias y claveles y rosas al dente de cada gusto. Olvidadas, por el peso del tiempo y la losa de la falta presupuestaria, han sido aquellas cortes que paseaban mientras abrazaban niños y saludaban a viejos. Poco queda de aquel oropel y dispendio salvo un montón de logo marcas de bancos y cajas que se fisionaron, o se fundieron o se fusionaron en mitad de esta realidad que no terminan de comprender, donde les abuchean, en la que se salen de sus tumbas los que creían muertos, en la que los oráculos y augures no son capaces de ver en las entrañas de los chivos y palomos ninguna buena señal. No. No terminan de entender una realidad que ellos mismos crearon
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