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EL VERANO ETERNO




 



Aún guardo por ahí una foto en la que conduzco una Variant y reposo en los estribos mis Converse. Justo por detrás se ve a una chica con un cardado que serviría para darle sombra a media cancha de los Ángeles Lakers, está embutida en unos vaqueros globo, de los que hacían el culo aún más gordo, y una chaqueta con hombreras puntiagudas… luego ya de mayor me enteré de que se le parecía a Cindy Lauper. 

Bailén olía a humo de neumáticos quemados, a gasóil y a latiguillos de los hidráulicos de los tóricos y las pinzas que se afanaban en cargar y descargar los enormes hornos en los que se cocinaba el sustento de la ciudad. Las Puch Cóndor con chiclé del 75 berreaban Moredal arriba y abajo. Los paquetes de Winston autentico americano y el Benson and Hegdes comenzaron a ganarle la partida al Celtas extralargo y al Ducados. Los sábados a mediodía los cestos de mimbre encajados en la Mobylette campera se emparejaban con los bolsos de polipiel con los logotipos de Moscú-80 que colagaban de los mnailleros de las Rieju y las Derby Diablo.

La gente ganaba dinero. Trabajaba duro y ganaba más dinero. Trabajaba más duro fabricando ladrillos y más dinero ganaba. Quien piense que en aquella época se regalaba algo anda errado y errante entre las mentiras que le hayan querido colar en estos tiempos de decadencia y desesperanza que dibujan una ciudad mortecina y que entre todos debemos despertar y animar. No es la primera vez que nos toca, a los bailenenses, vivir tiempos duros y siempre, como pueblo, hemos conseguido superar los obstáculos. Regresemos a aquellos veranos infinitos, que no acaban nunca. De largas siestas y calor sofocante. De noches estrelladas y balcones abiertos por los que se colaban los ruidos que llegaban, amortiguados por la distancia, de camiones y autobuses haciendo sus rutas nocturnas. Noches de balcones y ventanas abiertas a que entrará algo de fresco. Madrugadas de botijos puestos al relente y de conversaciones de hamacas y vecinos bajo el dosel de los galanes y jazmines a la puerta de las casas esperando que la niña volviera de la caseta y de Las Palmeras.

En aquella época todavía cabíamos en los wrangler pitillo y adornábamos el cuello con bandanas y corbatines con picos plateados. Decíamos mucho dabuten tronco y colega de qué vás. Conocíamos a un tipo llamado naranjito y en los bares de copas preguntábamos ¿estudias o diseñas? El éxodo de los jóvenes mejor preparados ya comenzaba a parecerse al que sufrimos ahora. Se iban lampiños, con su título universitario bajo el brazo, a lugares que nos sonaban de películas y de las noticias de la televisión. Luego sólo volvían para pasar las fiestas y las calores con su familia. Lo hicieron hasta que crearon la suta propia y perdieron la del pueblo detrás de las esquelas y los mármoles funerarios.
Aún así en aquella época nos enteramos de lo duro que era ser obrero metalúrgico o minero en la reconversión industrial y energética y que la policía, sea del color que sea su uniforme, cuando se emplea se emplea. Todavía molaba fumar y poner pegatinas de aceite wynns al 124 sport y los 1430 y los 4 Latas subían por la calle Real recién alquitranada.
Las carreteras eran de doble sentido y los trenes aún olían a humanidad y ropa antigua. En la radio sonaba por fin rock and roll en la plaza del pueblo, aquella canción de Roxy o lo estás haciendo muy bien.

Dio la impresión de que se abrió la ventana de golpe y entró la escuela de calor en una habitación de cenas recalentadas. Esto no era Hawai pero había más marcha que en Nueva York y la gente bebía lugumbas, leche de pantera, submarinos y biscúteres del Alcázar y gordas de Cruzcampo. No había controles de alcoholemia y en los conciertos la gente no daba el coñazo haciéndose fotos con los móviles. En los ochenta parecía que toda la vida nos quedaba por delante, era un verano que el recuerdo ha hecho casi eterno, que acababa de golpe cuando los pintores descargaban las brochas y las cañas para blanquear las escuelas. Era entonces cuando los vulanicos se metían en las revueltas de la casas del Barrio Nuevo y alertaban de que el tiempo no se detiene. Nuestra historia tampoco

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