
De repente un lumbreras, como en la película fue un extraño, alumbra una idea y se la pasa a su jefe para que la haga suya y la pregone a los 4 vientos en los que los halcones, peregrinos, por su liviana envergadura y falta de peso intelectual se dedican a hacer presa del resto de pájaros que pueblan el ecosistema para hacerles saber la buena nueva.
Da igual que se trate de un disparate de la envergadura de un alimoche con las alas extendidas o de una parida tan vacía como un pedo sin olor… lo que pensó el lumbreras y el jefe apoyó tiene que ir a misa, aun siendo laico, y se tiene que hacer realidad aunque se trate de construir un escaño con pompas de jabón.
La fe mueve montañas y multitudes. Las primeras se convierten en parques periurbanos sin clavar una estaca y las segundas en acólitos arrobados por el carisma de un póster. Tan convencidos están que se creen sus propias trolas y las arrastran como bolas en una cadena de intervenciones con eslabones que se prolongan años y años. En Jaén no faltan ejemplos y diría lo de: a la vistan están, si no siguieran siendo sólo deseos y proyectos por realizar. Ectoplasmas de esta gestión de la cosa pública, etérea e incorpórea
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