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EL EFECTO SALAMANQUESA



Este artículo fue publicado hace algunos años en el programa de fiestas de Bailén. Han pasado algunos veranos y con ellos también han sucumbido bajo la piqueta aquellos viejos cines en los que crecimos abriendo mucho los ojos con aquellas películas que le ponían un sabor propio a las noches estivales, que puede que se haya perdido casi por completo, como la silueta de las salamanquesas en las fachadas encaladas.

Poca gente se queda ahora calva por el escupitajo de una salamanquesa. Dicen que se han dado algunos casos recientes, pero los teletipos los fechan en remotos pueblos y perdidas aldeas cuyos nombres están más cerca de la leyenda que de la realidad diaria. Sin embargo los calvos proliferan por doquier, apresurados por las urgencias alopécicas de trabajos estresantes y complicaciones vitales que no vienen al caso detallar aquí. El pelo se sigue perdiendo aún a pesar de que las salamanquesas hace mucho tiempo que han ido desapareciendo de las paredes encaladas y de los alrededores de las farolas del alumbrado público. Las salamanquesas ya no pueden escupir, pero la gente sigue perdiendo el flequillo como los pueblos han ido perdiendo sus cines y sus veranos de antes.
Era en los cines de verano en los que más reptiles de este tipo habitaban poniéndose gordas hasta hartarse de los insectos, que incautos, caían atrapados por los brillos de las luces del proyector. Miles de palomicas y mosquitos eran el menú de estos bichejos que aprovechaban los descansos, cuando uno se iba al ambigú a comprarse la bolsa de pipas y la gaseosa, en las bombillas que pendían sobre el chisquero para señalar la ruta a los espectadores por entre las filas de sillas de hierro pintadas de verde o azul.
Las salamanquesas hacían su agosto en julio, en Las Palmeras, con tanta bombilla de colores y anuncios luminosos de atracciones y conciertos. Era un verdadero festín para estos animalillos que compartían botín con los murciélagos, otros que se han ido a vivir fuera del pueblo.
Se las podía ver en las colas que hacían las abuelas, las madres y los nietos en el cine de las cuarenta fanegas para ver la película de Manolo Escobar y Concha Velasco; no eran unas buenas fiestas sin que el del carro y la chica ye-yé pasearan sus amores en technicolor mientras se colaban los humos de las churrerías y las sirenas de los cacharritos; mientras que los chavales tirábamos chinas y gomas elásticas contra las salamanquesas que acechaban en la pantalla ribeteada en negro, como un sobre de pésame.
Las salamanquesas eran las reinas del pasillo que daba a la platea del cine de verano de los Hernández. Vivían en los lucernarios pintados de blanco sin dejar de chasquear sus largas y pegajosas lenguas mientas entrábamos a ver el último espagueti western y sus primas las del cine “Choscas” y las del cine ¡Arroyo” se daban opíparas merendolas durante las proyecciones de los dramas, tan al gusto de la época, de Encrucijada para una Monja o la versión en imágenes de Simplemente María, la radionovela que tantas tardes de pan y chocolate nos dio, hasta que la saliva se nos volvía oscura y espesa y creíamos que éramos una salamanquesa de dos patas, eso sí, con sabor a media libra de chocolate… Virgen de la Cabeza, de los que traían estampas de los artistas del celuloide.
Estos animales que vivían en vertical no se perdían ninguno de los desfiles de los soldados, ya fuera Calle Real arriba o Zarco del Valle abajo, con sus ojillos rojos no pestañeaban hasta que no le echaban el guante a un orondo insecto alado que se quedaba prendado del brillo de las chatarreras y de los sables desenvainados. Agazapados entre las viejas tejas y los canalones polvorientos, dejaban tiritando a la población de artrópodos y demás arañas que tejían sus trampas entre las encrucijadas de camaretas y falsos techos.
Seguro que muchos de ustedes se han divertido mirando; entre asombrados y acojonados por lo milagroso del hecho; como los rabos que dejaban escapar en sus raudas huidas de los plomazos de las escopetas de aire comprimido, bailaban una loca danza sin cuerpo al que aferrarse como pareja de baile.
Las salamanquesas ha mucho tiempo que determinaron mudarse a parajes más saludables para ellas, y con sus rabos y con sus lenguas parecen que se llevaron las noches de verano de la infancia de la gente de los pueblos, como el nuestro, que ha ido perdiendo la memoria y los cines en una especie de mal de alzheimer generado por la devoción al video, al DVD y la pasión por los equipos de aire acondicionado de las salas de los minicines que rodean a Bailén en un collar de centros comerciales en los que prima más el ir en coche a ver la última; aunque sea de los Jackichanes y Segales de turno, que aguantar las cuatro horas de lo que El Viento se Llevó, en una silla de lata, comiendo un bocata de tortilla, un “pegaso” de cerveza y mirar como en la pantalla, a Vivian Leigh le comía un lunar una salamanquesa que lo había confundido con una “cantamisas” despistada.
Este año, por lo tanto, volveremos a disfrutar de unas fiestas de julio sin cine y sin salamanquesas. Eso sí se vivirán muchas películas a lo Ozores en la costa tropical. Los que tengan un mayor presupuesto disfrutarán de un guión a lo Bond y aquellos crasos ciudadanos, que dicen que haberlos haylos, se podrán financiar una película de gran prepuesto y se darán una semana en Kuala Lumpur, exteriores exóticos y Holydays INN en la frontera con el país de los cocodrilos de las grandes serpientes y los mosquitos, muy parecidos a los que vivían en Bailén, cuando la gente se quedaba calva por el escupitajo de una salamanquesa y se embobaban viendo las tetas de la Nadiuska en un cine de verano.Poca gente se queda ahora calva por el escupitajo de una salamanquesa. Dicen que se han dado algunos casos recientes, pero los teletipos los fechan en remotos pueblos y perdidas aldeas cuyos nombres están más cerca de la leyenda que de la realidad diaria. Sin embargo los calvos proliferan por doquier, apresurados por las urgencias alopécicas de trabajos estresantes y complicaciones vitales que no vienen al caso detallar aquí. El pelo se sigue perdiendo aún a pesar de que las salamanquesas hace mucho tiempo que han ido desapareciendo de las paredes encaladas y de los alrededores de las farolas del alumbrado público. Las salamanquesas ya no pueden escupir, pero la gente sigue perdiendo el flequillo como los pueblos han ido perdiendo sus cines y sus veranos de antes.
Era en los cines de verano en los que más reptiles de este tipo habitaban poniéndose gordas hasta hartarse de los insectos, que incautos, caían atrapados por los brillos de las luces del proyector. Miles de palomicas y mosquitos eran el menú de estos bichejos que aprovechaban los descansos, cuando uno se iba al ambigú a comprarse la bolsa de pipas y la gaseosa, en las bombillas que pendían sobre el chisquero para señalar la ruta a los espectadores por entre las filas de sillas de hierro pintadas de verde o azul.
Las salamanquesas hacían su agosto en julio, en Las Palmeras, con tanta bombilla de colores y anuncios luminosos de atracciones y conciertos. Era un verdadero festín para estos animalillos que compartían botín con los murciélagos, otros que se han ido a vivir fuera del pueblo.
Se las podía ver en las colas que hacían las abuelas, las madres y los nietos en el cine de las cuarenta fanegas para ver la película de Manolo Escobar y Concha Velasco; no eran unas buenas fiestas sin que el del carro y la chica ye-yé pasearan sus amores en technicolor mientras se colaban los humos de las churrerías y las sirenas de los cacharritos; mientras que los chavales tirábamos chinas y gomas elásticas contra las salamanquesas que acechaban en la pantalla ribeteada en negro, como un sobre de pésame.
Las salamanquesas eran las reinas del pasillo que daba a la platea del cine de verano de los Hernández. Vivían en los lucernarios pintados de blanco sin dejar de chasquear sus largas y pegajosas lenguas mientas entrábamos a ver el último espagueti western y sus primas las del cine “Choscas” y las del cine ¡Arroyo” se daban opíparas merendolas durante las proyecciones de los dramas, tan al gusto de la época, de Encrucijada para una Monja o la versión en imágenes de Simplemente María, la radionovela que tantas tardes de pan y chocolate nos dio, hasta que la saliva se nos volvía oscura y espesa y creíamos que éramos una salamanquesa de dos patas, eso sí, con sabor a media libra de chocolate… Virgen de la Cabeza, de los que traían estampas de los artistas del celuloide.
Estos animales que vivían en vertical no se perdían ninguno de los desfiles de los soldados, ya fuera Calle Real arriba o Zarco del Valle abajo, con sus ojillos rojos no pestañeaban hasta que no le echaban el guante a un orondo insecto alado que se quedaba prendado del brillo de las chatarreras y de los sables desenvainados. Agazapados entre las viejas tejas y los canalones polvorientos, dejaban tiritando a la población de artrópodos y demás arañas que tejían sus trampas entre las encrucijadas de camaretas y falsos techos.
Seguro que muchos de ustedes se han divertido mirando; entre asombrados y acojonados por lo milagroso del hecho; como los rabos que dejaban escapar en sus raudas huidas de los plomazos de las escopetas de aire comprimido, bailaban una loca danza sin cuerpo al que aferrarse como pareja de baile.
Las salamanquesas ha mucho tiempo que determinaron mudarse a parajes más saludables para ellas, y con sus rabos y con sus lenguas parecen que se llevaron las noches de verano de la infancia de la gente de los pueblos, como el nuestro, que ha ido perdiendo la memoria y los cines en una especie de mal de alzheimer generado por la devoción al video, al DVD y la pasión por los equipos de aire acondicionado de las salas de los minicines que rodean a Bailén en un collar de centros comerciales en los que prima más el ir en coche a ver la última; aunque sea de los Jackichanes y Segales de turno, que aguantar las cuatro horas de lo que El Viento se Llevó, en una silla de lata, comiendo un bocata de tortilla, un “pegaso” de cerveza y mirar como en la pantalla, a Vivian Leigh le comía un lunar una salamanquesa que lo había confundido con una “cantamisas” despistada.
Este año, por lo tanto, volveremos a disfrutar de unas fiestas de julio sin cine y sin salamanquesas. Eso sí se vivirán muchas películas a lo Ozores en la costa tropical. Los que tengan un mayor presupuesto disfrutarán de un guión a lo Bond y aquellos crasos ciudadanos, que dicen que haberlos haylos, se podrán financiar una película de gran prepuesto y se darán una semana en Kuala Lumpur, exteriores exóticos y Holydays INN en la frontera con el país de los cocodrilos de las grandes serpientes y los mosquitos, muy parecidos a los que vivían en Bailén, cuando la gente se quedaba calva por el escupitajo de una salamanquesa y se embobaban viendo las tetas de la Nadiuska en un cine de verano.

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