
La mayoría de la gente que conduce piensa que cuando detiene el coche y pulsa las luces de avería el vehículo desaparece y ya no obstaculiza la salida del garaje, el giro en la rotonda o que otro conductor se quede encajonado como un "vitorino" en vísperas de San Isidro.
Y es que las luces intermitentes, "plic, plic, plic", deben tener un efecto narcótico en el lóbulo frontal del cerebro de cualquier conductor y le impiden ver una parte de la realidad, de hecho no le dejan ver lo que el resto de mortales si ven: que el coche está estorbando de cojones y que los abuelos tienen que saltarlo por encima si quieren seguir por el paso de cebra. Que para hacer el stop y mirar tienes que sacar el pescuezo como un galápago y que el tío de la silla de ruedas se tenga que bajar de la acera cerrando los ojos y rezando: que sea lo que dios quiera.
Pero es más, las luces de avería tienen un efecto extraño sobre el oído interno de quien las pulsa y a causa de un proceso todavía no explicado científicamente se deja de oír de manera selectiva, lo que sucede alrededor. Si no, no se explica cómo pueden escuchar que se les ha caído un euro bajo la mesa de la cafetería y no se enteren de los improperios que está soltando por su boca y su claxon un tío con un crío enfermo que no puede sacar el coche para ir a urgencias por culpa de un sordo hijoputa que sigue tomando café con el pie en el estribo y releyendo el Marca y pensando para sí: es que los árbitros no se enteran
Son grandes misterios de la, todavía no explicada, relación entre mente y coche. Y ahí van algunos ejemplos: Por qué cuando vamos andando vemos todas las señales de Stop o de Ceda el Paso y conduciendo no.
Por qué el que va delante es un “pringao” pisahuevos que no tiene cojones a incorporarse a la vía.
¿Afectará el volante a la percepción de ciertas formas y colores o activará un sexto sentido que descubre conductores pusilánimes?.
Es más, por qué cuando tenemos una palanca de cambios en la mano la culpa siempre es de otro.
Por qué aprovechamos los semáforos en rojo para sacarnos los mocos.
Por qué vocalizamos mejor conduciendo y no se nos nota el frenillo cuando exclamaos ¡será cabrón que casi me da!.
¡Que misterio!.
Y es que las luces intermitentes, "plic, plic, plic", deben tener un efecto narcótico en el lóbulo frontal del cerebro de cualquier conductor y le impiden ver una parte de la realidad, de hecho no le dejan ver lo que el resto de mortales si ven: que el coche está estorbando de cojones y que los abuelos tienen que saltarlo por encima si quieren seguir por el paso de cebra. Que para hacer el stop y mirar tienes que sacar el pescuezo como un galápago y que el tío de la silla de ruedas se tenga que bajar de la acera cerrando los ojos y rezando: que sea lo que dios quiera.
Pero es más, las luces de avería tienen un efecto extraño sobre el oído interno de quien las pulsa y a causa de un proceso todavía no explicado científicamente se deja de oír de manera selectiva, lo que sucede alrededor. Si no, no se explica cómo pueden escuchar que se les ha caído un euro bajo la mesa de la cafetería y no se enteren de los improperios que está soltando por su boca y su claxon un tío con un crío enfermo que no puede sacar el coche para ir a urgencias por culpa de un sordo hijoputa que sigue tomando café con el pie en el estribo y releyendo el Marca y pensando para sí: es que los árbitros no se enteran
Son grandes misterios de la, todavía no explicada, relación entre mente y coche. Y ahí van algunos ejemplos: Por qué cuando vamos andando vemos todas las señales de Stop o de Ceda el Paso y conduciendo no.
Por qué el que va delante es un “pringao” pisahuevos que no tiene cojones a incorporarse a la vía.
¿Afectará el volante a la percepción de ciertas formas y colores o activará un sexto sentido que descubre conductores pusilánimes?.
Es más, por qué cuando tenemos una palanca de cambios en la mano la culpa siempre es de otro.
Por qué aprovechamos los semáforos en rojo para sacarnos los mocos.
Por qué vocalizamos mejor conduciendo y no se nos nota el frenillo cuando exclamaos ¡será cabrón que casi me da!.
¡Que misterio!.
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