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40 FANEGAS DE SUEÑOS


Mira que todos los años hago propósito de enmienda y que me tengo que poner a escribir la colaboración para el programa de fiestas en el mes de agosto. Pero por fas o por nefas siempre me piílla el calendario y Diego Mora con la urgencia de la imprenta y del necesario cierra para dar estas páginas a las máquinas para que no haya más retrasos que los justos. Así que aquí me veo dando al teclado con la respiración del redactor jefe de cierra en la nuca apremiando a terminar este artículo que a estas alturas del año y de mi vida tiene que rescatar de la memoria de chisquero y adelfas a los cuatro cines de verano que llegamos a disfrutar y a sufrir y recuperar el acre olor del terciopelo acuñando la humedad de los años en los teatros General Castaños y España.
Y es que ahora que nos agobian ofreciéndonos deuvedés de películas pirateadas, que los programas intercambio de archivos funcionan a lomos del “e-mule” o el “l-phant” y que le gente se intercambia la última de Van Damme en un “pendrive” no más grande que un mechero Bic sería bueno recordar a las heroicas empresas que mantenían abiertos aquellos cines en los que se pitaba penalti cuando se besaban Él y Élla (lo de protagonista vendría mucho después), los que “llevaban la película” y que se gritaba al maquinista que dejará la botella cuando el rodillo de la película se atascaba y se derretía en una explosión sicodélica de celuloide quemado por la barra del carburo.
Y seguro que todos los que pertenecen a la generación del “Baby Boom”, aquella en la que los españoles se dedicaron con fruición a la tarea reproductiva que derivó, décadas más tarde en un masa de mozos declarados excedentes de cupo para el servicio militar por la abundancia de sangre nueva, estarán de acuerdo conmigo que el Bailén de esos momentos no se entenderían sin cines y sin la liturgia que ir a ver una película requería.

Uno de mis primeros recuerdos tiene olor a anea de la silla chica que arrastré desde la calle Los Campos hasta la sala del cine “escopetica” en lo alto de la calle Cruz en la que por una peseta, eso sí poniendo tu la silla, echaban (las películas no se proyectaban) una de dibujos animados para la caballerías que nos quedábamos embobados viendo como las calabazas se convertían en carrozas y los ratones en caballos. Un cine que temblaba con el runrún de los cientos de chiquillos que enredaban con sus sillitas arrastrando las patas y buscando aposento en la oscuridad de una sala (que con apenas 4 años) me parecía enorme cuando la luz del proyector se encendía cerca del techo y millones de partículas brillaban en la oscuridad de una manera mágica.
Fueron las primeras películas que nos fueron introduciendo en el rito de la sesión del matinée (que en Bailén nunca fue por la mañana si no a primera hora de la tarde) para hacer cola frente a aquellas taquillas que cambiaban unas monedas por el pase a la sala en la que el Zorro, Maciste o Gorgo hacían de las suyas, mientras los espectadores hacíamos de las nuestras con el maíz Churruca, el chicle Bazooka y aquella modernura de Risi que se llamaban Gusanitos y que comenzaron ha hacer furor entre la clientela de los quioscos del cine que eran aplastados, de manera literal, por la clientela cuando la película hacía descanso (que bonito concepto ese, superior sin lugar a dudas al aséptico intermedio) .
Eran momentos propios y singulares de los bailenenses que los domingos por la mañana, además de guardar y santificar las fiestas, paseaban por la calle Real para ver las carteleras. Unos armazones de madera en los que se encajaban fotos fijas de las películas que iban a echar en la sesión de matinée y en la de la noche. La primera desde la siete de la tarde y la segunda a partir de las nueve, eso siempre en invierno ya que en verano los cuatro cines tenían una sesión única a eso de las 10 de la noche, cuando aflojaba la calor, se despertaban las salamanquesas y las claras del día se perdían por detrás de la pantalla ribeteada de negro, como si fuera un sobre de pésame

Pero me estoy dispersando y necesito ser conciso para terminar con rapidez este artículo antes de que me suene la campana y necesito llegar al punto en el las Fiestas de Julio se unen y que no es otro que aquellas largas colas que daban casi la vuelta a la esquina de Cuatro Caminos para sacar entrada para ver la nueva de Manolo Escobar con Conchita Velasco en el Cine de España, o de las 40 fanegas como lo llamaban los más viejos del lugar. Les juro que hasta hace muy poco creía que Manolo Escobar rodaba siempre en invierno para llegar a tiempo a su cita anual con la cartelera “especial” de las fiestas del 19 de julio. Eran sesiones en las que había que completar la platea con sillas de madera para dar respuesta a la fuerte demanda.

No menos éxito tenía el cine Arroyo, la verdad es que se llamaba Cine Andalucía, la programación de los populares seriales radiofónicos adaptados a la gran pantalla. Simplemente maría, la tremebunda Encrucijada para una Monja, el Derecho a Nacer o Lucecita. Abuelas, madres y nietos acudían en masa al cine Arroyo en el que, años más tarde, pude ver Lo que el Viento se Llevó con bocata y nevera para sobrevivir a las 4 horas de sufrimiento de Escarlata O´Hara. Era un cine, ahora con las taquillas y puertas tapiadas, en el que, bajo una intensa lluvia pudimos ver la Gran Evasión debajo de las escaleras que subían a un pequeño gallinero que flaqueaba el cuarto del maquinista. Nunca Steve McQueen estuvo mejor que aquella noche en Bailén.
Pero tampoco puedo olvidar el intenso calor que hacía en el cine de “choscas”, vamos el cine Reding, en el que el aire se detenía en las noches de julio y agosto y en el que Clint Eastwood parecía sudar más por los paisajes de Almería cuando la Muerte Tenía un Precio y Lee Van Cleef se secaba el sudor en una noche refrescada con gaseosa Sanitez y polos de hielo. Es un cine que se convirtió en cochera y en el que mucho antes aparcamos nuestros jóvenes ojos con las evoluciones de un rudimentario Godzilla o películas de miedo con tomate en lugar de sangre. Era el cine en el que se programaba la película más “alternativa” y que se llenaba con la chavalería los vecinos de la zona para ver una de romanos o la última de Paul Naschy.

Y que contarles del cine Hernández de verano que tenía un largo pasillo que se abría desde una puerta que daba a la glorieta de la Virgen de Zocueca. Era un cine grande, muy grande, con el “ambigú” en una especie de semisótano en una amplia cochera. Tenía el suelo de cemento y cuando soplaba el viento arrastraba las cáscaras de pipas por el suelo haciendo el ruido más frío que he oído nunca. La última vez que me puse pantalones cortos; buenos quiero decir la última vez antes de que se pusiera de moda décadas después lo de llevar bermudas; estábamos en el cine Hernández de verano viendo el Anillo de los Nibelungos. Un peliculón, lo digo por lo largo que era, de casi cuatro horas a poco más de 12 grados con los pelos de las piernas como escarpias y tiritando como un brasileiro en la Estación Polar Cero. Así que mientras Sigfrido le daba matarile al dragón, este que escribe y Antonio Cabrera nos apretábamos el uno contra el otro, de manera casta, para quitarnos el refrescor del aire solano.
Era un cine éste en el que se vivieron grandes éxitos como la proyección de No Encontré Rosas para mi Madre, unos de esos dramas al gusto de la época y las inevitables “españoladas” con los grandes del género Landa, Cassen o López Vázquez gritándole a las suecas eso de ¡¡¡¡monumento, que es usted un monumeeeento!!!!

El cine era, por aquel entonces uno de los platos fuertes de las Fiestas de julio y aunque no entraba en el programa oficial de actos la cartelera prevista, se elegían con mimo y exquisito cuidado las películas a poner en los días centrales. Proyecciones que se adaptaban a las necesidades de los espectadores ya que se avisaba en las carteleras de la calle con papelito pegado sobre el cartel: la película empezara un cuarto de hora más tarde de de que termine las Descargas o la Procesión. Según procediera un día u otro. Aquello era facilitar la asistencia a los clientes que acudían en familia y con tortilla francesa en pan de barra para la chiquillería y botellas “gordas”; los tercios y no son los de Flandes; para los hombres y algún que otros biscúter o Mirinda fresquita para las mujeres. Eso sí, aquellos eran cines poco propicios para las parejas de novios que estaban mucho más cómodas en la penumbra de los cines de invierno, el Hernández y el España, en la famosa fila de los mancos en la que las parejas no se quitaban los gabanes ni abrigos y han generado numerosas chanzas y chascarrillos sobre las maniobras amorosas en la oscuridad de un cine mientras Kramer se la daba a Kramer o el Octavo pasajero se quedaba más solo que la una con la mala baba que le colgaba a aquel bicho.

La verdad es que siempre nos quejábamos de que los estrenos nunca llegaban a Bailén y había que esperar años para la última novedad de la que hablaban en la radio o en la tele y que sólo llegaban a las capitales. La verdad es que cuando los cines de Bailén encarrilaban un estilo de películas parecía que las compraban en lotes. Así que recuerdo que hubo una época en la que, sin solución de continuidad nos colocaron un ciclo de películas de chinos (ahora las llaman de artes marciales): El Luchador Manco, El Mono Borracho en el Ojo del Tigre, Los Siete Samuráis, El Tigre a la sombra del Oso, Kárate a Muerte en Bankcog y todas las variantes que a ustedes se les pueda ocurrir de luchadores con espadas, nunchakos, lanzas, sables, hondas, cuerdas y látigos que hacian las delicias de los chavales que salíamos de la película dándonos patadas voladoras y golpes con el canto de la mano en la nuca, pensando en apuntarnos a un gimnasio para ser un gran ShotoKan.

Y lo mismo ocurría cuando llegaban las de romanos con dos variantes. Los gladiadores, que solía ir en grupo los 3 gladiadores, los 4, los 5… y hasta los 10 gladiadores los que todas las semanas llegaban a la cartelera bailenense. La otra variante era un tal Maciste, un forzudo en faldita, ya citado, que servia de marca para la película. En el título se ponía Maciste y luego se añadía: contra los monstruos, con el Zorro, y Tarzán contra el mal y así emparejándolo con nombres y situaciones imposibles que eran tremendamente divertidas por lo ridículas.

Y que contarles de las películas del Oeste en las que siempre José Sancho hacia de Mejicano y que nos han hecho tan familiar Almería sin haberla visitado. O las cientos de películas de Drácula con todas las variantes de apareamiento artístico con la Momia, Frankestein, el Hombre Lobo, los No Muertos o los Espantos de Ultratumba… en fin que los tiempos fueron cambiando y evolucionando y llegamos hasta a aquel gran escándalo que se formó en el pueblo cuando (creo recordar que fue el cine Hernández) proyectó la película Furtivos en la que se veían las primeras tetas y el primer culo (todo femenino) del cine español. Qué taquillazo. Qué fuerte. Y que no fue nada comparado con la proyección del primer desnudo frontal (también femenino) de la historia del cine patrio. La Trastienda con la semipaisana María José Cantudo con todo al aire. Qué escándalo. Que taquillaza. Que fuerte… y que infantil parece ahora todo aquello.

Pero como la cosa iba embalada con esto del destape y las artistas en cueros vivos por las películas clasificadas “S” y las de Esteso y Pajares hubo carne para dar y tomar durante varios años hasta que se pasó la fiebre de verle las domingas a la Nadiuska o a la Susana Estrada y la cosa se fue normalizando poco a poco. Ya me gustaría ver a los de la época que rotulaban las películas con lo de “mayores con reparos”, “menores acompañados” y “no apta para todos los públicos” toparse con el alarde tangas y bragas náuticas que se escapan por la trasera de la juventud de ahora. Como para hacer una película.

En fin, que les tengo que dejar por que cierran la edición y esto tiene que ir a la imprenta. Antes de que me monten otra película por llegar tarde y les prometo que nada más terminar esto me pongo a escribir el artículo del año que viene para contar de cuando a Alfonso, Rizos, Tomy, el Hueso, Jurado y a un servidor nos tocó un 19 de julio de un año en el que todavía tenñiamos lejanos el colesterol alto, las transaminasas alteradas y la tensión por las nubes del Teide, un lote de turrón que nos comimos con churros con chocolate, cartuchos de patatas fritas, papelillos de camarones y estábamos mas cerca de Cinema Paradiso que de los multicines La Loma. Más cerca de la Guerra de los Botones que de la Guerra de las Galaxias.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
QUE BUENOS RECUERDOS...JAJA

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