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Ñ


La campaña es una campana a la que se la ha nublado el badajo. La precampaña es un trozo de bronce sin pasar aún por la fragua pero con la «ñ» colgándole para que los discursos la bruñan y taña. La eñe es una señora letra que ahora suena mucho y no sueña por que ya no la dejan con tanta leñe de buscar el voto cada cuatro años, que si no fuera por ella serían cuatro anos vociferando para que los desdeñosos les abrieran el caño para que los sufragios vuelvan sus cañas lanzas (si ganan) y sus añagazas sinceridades (si pierden).

Andan ya con la precampaña dando el coñazo en la precampiña. Los moños quieren volverse monos y las manos se hacen de Aragón, es decir maños mañosos que hacen del Ebro, un hermano del Miño, que tiñe de fresco la ribera. Peñas arribas se nos van los barandas. Son como hienas disfrazadas de ñúes, quieren darnos pena. Artimañas que comienzan a chorrear por los muros virtuales. Tanto que el pájaro del twitter ya necesita un baño. Cabaña, esta de la política local, constreñida por la miopía del próximamente. Obras que se ciñen a la irrealidad del «permanezca atento a la pantalla». Cañones de destrucción laboral masiva. Desapaños familiares por la pérdida del trabajo. Viñas secas de jóvenes a los que la economía roe el calcañar. Realidad a la que, ni fríos ni calientes, quiere poner paños. Gruñidos que no quieren oír. Plañidos que ignoran. Olvido que hace que, hasta las espadañas, se dejen caer cansadas y faltas de cariño.
 
Así que preparaos para lo de esta peña que ya amenazan con dejarse caer con el ceño fruncido. Se meten estopa en forma de cuñas. Clavándose las uñas, haciéndose arañazos, tirándose al gañote del contrario, dándose puñetazos con la lengua, cogiéndose a puñados, revolcándose en el albañar del «y tú más». Albañiles de añejas promesas que siguen siendo las de antaño. Riñas y roñas. Las mismas de cuando éramos niños y teníamos la eñe pequeña y cajas llenas de muñecos. Tiempos añorados, sin amaños, con buñuelos, sin señuelos, sin dueños, con añil, sin apaños, con baños, sin saña, con piñones, sin puñales… tiempos barbilampiños en los que la mejor aventura era irse de cañas con los compañeros

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