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BAILENEANDO

Fenómenal artículo de opinión de José Manuel Comino sobre Bailén y su realidad:


"Domingo normal, de una semana normal, de un mes normal, en la génesis del siglo XXI. Un joven, normal, camina hacia el habitual encuentro con los amigos para tomar el café de los domingos normales. Anda por una calle normal, sin nada en particular para resaltar, cuando de repente es interrumpido de su pensamiento normal por unos forasteros –en un pueblo normal, sin turismo, los turistas son denominados forasteros-; y desde el coche en marcha, con la ventanilla bajada, preguntan al joven:

-Perdona, ¿en Bailén que hay interesante para visitar? El joven, con rotundidad, responde:-Nada

El ciudadano veinteañero ante la cara de sorpresa de la pareja por su respuesta nihilista abre un gran paréntesis aclaratorio:-Bueno, Bailén tiene unos parajes naturales preciosos, lugares que no aparecerían en una guía de viajes común.
¡Hombre, puede acercarse a Baños de la Encina que está al lado de Bailén y es preciosa!Pero el muchacho intenta rebajar su vil sentimiento de extrema sinceridad, noqueando al extremismo, y se aferra a su propia subjetividad, esa que le hace afirmar lo que para él es realmente interesante:-Si están de paso sólo unas horas pueden tomar un café o una copa en un pub que se llama Cambalache.

Tiene un ambiente muy agradable y muy buena música. Y es un “templo” del pasado y del presente “underground” del pueblo.De nuevo los turistas miran con sorpresa al chico al descifrar sus palabras y le devuelven una sonrisa de broma, despidiéndose amablemente asumiendo que tienen que preguntar a otro ciudadano si quieren acceder al turismo tradicional de catedral, ermita, iglesia y museo.El muchacho reinicia su camino reflexionando acerca de qué es lo que un turista debería visitar o conocer de una localidad aparte de lo aparece en las escuetas líneas de los folletos turísticos o las guías de viajes, los libros de historia y hemerotecas, sobre todo en casos de ciudades no alcanzadas por la belleza monumental, natural o geográfica, como es el ejemplo del municipio de Bailén.

Y el chico se considera, ante momentos como los vividos hace unos minutos, un fiel defensor del turismo de taberna, del turismo de pub. Cierto es que en un par de horas es difícil captar la filosofía de un pueblo, su pulso vital, su intrahistoria -como diría Unamuno- pero una noche de copas, de amena charla, sí que es suficiente para conseguir un bonito recuerdo vital de un paso efímero por Bailén, más emotiva que una bella y pasajera imagen de la ermita del pueblo: una ermita más, quizás importante para aquel ciudadano peculiar ansioso por almacenar imágenes de ermitas en su memoria. Este joven, camino del agradable café, piensa que son más las personas interesadas en esa historia que no está escrita en los libros sino en el inconsciente colectivo, y que se puede encontrar en los pub y bares.

Y el Cambalache desde hace 15 años brinda sus muros para que se escriba una importante parte de la historia –del futuro y presente turismo, por ahora poco convencional- del pueblo; cierto es que regada con bebidas espirituosas habitualmente y mucha, mucha música y tertulia.Desde hace ya un tiempo se escribe mucha literatura acerca del fenómeno juvenil, social, musical de la ‘Movida madrileña’ y muchos son los jóvenes y menos jóvenes que hacen turismo sin necesidad de comprar un ticket o mostrar ningún carne en un mostrador, simplemente preguntando o escuchando las letras de las canciones pueden acceder a los lugares históricos de ese fenómeno social.

Uno visita los históricos lugares de Malasaña y siente esa agradable sensación de imaginar el pasado, de revivir lo que allí se vivió, ese anhelo mental y muy humano de querer viajar al pasado, igual que cuando estás en un castillo o un campo de batalla expectante por reconocer el olor a pólvora o a un individuo vestido con armadura. Y para ello la música del local, el olor que atesoran sus muros, la decoración y el sonido, todo, te prepara y sugestiona para trasladarte a esas historias que narran libros, canciones o los recuerdos de los protagonistas de aquellos tiempos que cuentan de viva voz; de la misma manera que el incienso, los gruesos muros y columnas, la acústica de catedrales e iglesias producen en uno sobrecogimiento. El Cambalache es un modesto ejemplo vivo, y esperemos que perdurable, de esa historia sociológica digna de quedar plasmada en literatura o en la memoria del turista en esporádicas visitas de vez en cuando. El arquitecto, el maestro albañil que ha construido esta ágora nocturna, esta sede de la “universidad de la vida” (como muchos consideran a los pub) atiende al nombre de Antonio Díaz, según los documentos oficiales, pero para el pueblo es Antonio “el del Cambalache”.

Él es el farero de este puerto interior, que es Bailén, rodeado por un océano de olivos que no de agua, que alumbra a los marineros perdidos en las noches normales que marcan el calendario. El ilumina a la población perdida en la noche, a individuos cansados de remar con números, problemas o alegrías, moviendo toneladas de arcilla (los atunes y bacalaos de Bailén) y que tienen ganas de charlar, desahogarse, olvidar, relajarse o discutir con la monotonía de la vida y rebelarse contra ella: el Cambalache es el mejor gimnasio para ejercitar los músculos del espíritu. Y sus poco convencionales cúpulas y arbotantes acogen la mejor música pagana española, inglesa y americana: poco clavicordio, arpa y órgano y mucho amplificador y guitarra Fender y Gibson amasando rock, blues, folk, pop, funk, soul, heavy metal, metal, slowcore, hardcore, electrónica,…Por supuesto que una buena forma de conocer la historia, las costumbres e idiosincrasia de un pueblo, si uno lo visita como turista, es consultar con el cronista oficial de la localidad. Y por supuesto que la señora cronista o señor cronista te informará de la historia del pueblo, pero casi siempre usando el tiempo pasado. Pero qué ocurre si uno quiere saber más del presente del lugar.

Personas como el amo de llaves del Cambalache deberían encabezar o formar parte de un equipo de cronistas con los que debería contar todo municipio porque la historia de un pueblo es pasado, presente y futuro y quién mejor puede conocer lo que piensa el ciudadano de a pie que quién cuida al mismo en sus horas de ocio. Pero además el Cambalache es un faro que ilumina ese turismo de la felicidad, de la alegría. El Cambalache es la “iglesia” que acoge por las noches. El joven, que ya está tomando café con los amigos, cuando estaba en la universidad entrevistó a Benjamín Prado, consagrado poeta y escritor, albacea de Rafael Albertí, y joven afortunado porque vivió de lleno la ‘movida madrileña’; y le preguntó a Prado por qué le gustaba tanto la noche y qué tenía de especial, y el escritor contestó: “Por la noche suceden las cosas bonitas, es cuando las chicas están más guapas, cuando ocurren los amores, la gente está contenta…” Y el joven entre sorbo de café y trago al pacharán, reflexiona acerca de la importancia para un pueblo de lugares como el Cambalache. Pero por qué esa mala fama y por qué nunca son turísticos los pub y nunca reciben el apoyo de los políticos.

El joven, un poco asunte de la conversación que mantienen sus amigos, reflexiona y llega a una conclusión: los pub no tienen crucifijos, vírgenes, la pila bautismal siempre tiene cubitos de hielo y rodaja de limón; pero lo más importante es que cultivan la felicidad, son posadas de alegría.

Y eso de pasarlo bien en una sociedad todavía, como ocurren en los pueblos pequeños, romana, católica y apostólica que defienden a pecho y espada que vivir, en tierras de batallas perdidas por Napoléon, debe asumirse como un valle de lágrimas, está muy mal visto que haya lugares donde la gente se ría y muestre su felicidad. Sí la gente visita iglesias, cementerios, campos de batalla, catedrales, etc., donde la gente no se puede reír, dónde la muerte, el dolor y la sangre están más que presentes, no sería más lógico que los guías recomendaran visitar el Cambalache, en el caso de decidir hacer una parada en Bailén, para descansar del desgaste emocional y doloroso del turismo religioso.

Poco a poco se está apostando por el turismo gastronómico como ejemplo de turismo de felicidad: a nadie le amarga un buen ágape; pero a ver si en breve se fomenta el turismo sociológico y musical de los pubs.Y por supuesto Cambalache no sólo cubre de forma altruista unas garantías eclécticas de sicoterapia, bálsamos espirituales y religiosos, sino que también cumple al máximo las expectativas de ocioso y culturales iniciales. En su larga trayectoria el escenario de Cambalache ha acogido un elenco de los mejores músicos contemporáneos de rock, pop, jazz, funky, etc., tanto nacionales como internacionales y además ofrece su escenario como plataforma de lanzamiento para grupos noveles locales.

La población local ha podido disfrutar de grupos de pop y rock en sus inicios cuando pocos apostaban por ellos y que luego se labraron o lo continúan haciendo importantes carreras dentro de la música. Por ello además de las casas museos y los nombres personales a las calles, las casas consistoriales deberían tener en cuenta la importancia de rincones como los pub y tabernas para si no apostar por una “taberna o pub museo” si al menos otorgarles el grato recuerdo de una calle o una placa en una plaza o en un banco, como acostumbran en el Reino Unido y en otro lugares.


Cuando la noche esconde y difumina el pueblo y se convierte en una minúscula particular brillante en el google earth, cuando la banda sonora la entonan los grillos y mochuelos bajo el soporífero calor en plena canícula o el silencio deja caer su peso junto a los afilados fríos del invierno, Cambalache prende la llama de su campamento para licántropos y ofrece digna morada para los divorciados del día y da libertad a sus huéspedes para que pinten en sus lienzos las cosas bonitas que pasan de noche, como dijo el poeta."

Comentarios

Armenteros ha dicho que…
No sólo de las nostalgias de vive el hombre, bien harías en predicar otras excelencias de tu pueblo, caro Agudo, que ambos sabemos que las tiene.
CAMBALACHE ha dicho que…
ESTE COMENTARIO SUENA A IGNORANCIA O MIEDO.

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