
Ahora resulta que mayo está más cerca de lo que se pensaba y que las promesas que se quedaron en el camino, porque manchaban la moqueta del despacho, se recuperan para intentar prolongar el momento otros cuatro años. De un profundo cajón se rescata el programa electoral para insistir en que lo prometido no es deuda impagada, que todo se ha hecho, se está haciendo o se hará si se consigue un poco más de tiempo.
Se pide al árbitro que pite una nueva prórroga que los goles que llevan en contra son de un antiguo entrenador que quiere volver a mandar en los vestuarios. Así que se vuelve a estrechar manos, abrazar a niños y besar ancianos para que la afición siga coreando el mantra hipnótico coloreados de manera uniforme, separados en los fondos de un graderío que hace aguas por la gotera hipotecaria y laboral.
Ahora resulta que todos los micrófonos son válidos para repetir el eco de tu voz en este lánguido bolero de la precampaña. Ahora abrazan con la mirada todas las cámaras con el objetivo de multiplicar su imagen en los pasquines de la cuarta pared televisiva.
Se dan prisa y desempolvan los libros y los apuntes y en un par de noches intentan resolver el logaritmo neperiano del paro en complicada realidad algebraica de dichos y redichos en los que lo peor está en el contrario mientras arrastran vigas en de proyectos no natos que nuestros ojos jamás verán.
Llueve y quieren ponerle su marca a cada gota de lluvia. Ahora se acuerdan de que sus cargos dependen de los que no han contado naada, salvo para contar en las estadísticas, en otro suspiro electoral que para unos será de alivio y para otros de agobio, mientras que la mayoría aguantaremos la respiración con la que está cayendo.
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