
El interior del edificio bullía con la muchedumbre, que vestida de domingo abarrotaba el recinto mientras hacían ondear los colores de la hermandad y los símbolos comunes. Los cientos de acólitos coreaban antiguos mantras y consignas ancladas en la noche de los tiempos que elevaban a la concurrencia, de manera conjunta, a un paroxismo intelectual e ideológico.
Justo en el fondo de la gran sala y adornado con los mismos colores que flameaban en vaderas y bufandas de los asistentes un atril, todavía solitario, mostraba un par de micrófonos por los que, en breve, se oiría la santa palabra del omnisciente líder.
Los bancos, hacia varias horas que estaban llenos. Apenas un par de filas estaban vacías a la espera de que llegaran los acólitos de más alto rango y poder… por eso la reserva que se hacía con una sencilla fórmula: “a más poder, mas hacia adelante en la fila”.
Los cánticos, incesantes, invocaban a la infalibilidad del líder y atacaba al adversario y a su nido de maldades y mentiras. .. De pronto la música se elevó; aún más si cabe; y por el pasillo central empezó a caer una lluvia de pétalos y papeles de colores. Un chispear de chaquetas y mocasines comenzó a pasear por la alfombra de color granate. La gente abrazaba al líder, besaba a su señor, le introducían papeles en los bolsillos proponiéndole nombres y cargos, le estrechaban las manos y pujaban por hacerse una foto con él… para colgarla en el salón de su casa “amigo que nunca falla”.
A duras penas, a trancas y a barrancas, repartiendo besos, bendiciones y parabienes el líder se alzó sobre el escenario y su voz tonante hizo enmudecer al auditorio. Su diatriba dominical enardeció los ánimos contra el adversario. Azuzó a la gente de buena fe a pelear contra el maligno de enfrente y acotó la razón y la bondad intramuros de aquella hermandad…. Los monaguillos aplaudían y cambiaban, cada poco, las botellas de agua para refrescar tan sagrada garganta que se unió en una íntima y explosiva comunión con todos los asistentes al mitin político mientras la lucecita roja del atril le avisaba de que estaban en directo por la televisión. El líder aún sonreía con más dulzura y seducción para que todos le creyeran.
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