A falta de dineros propios, que se han gastado en otros dispendios y otras tierras, los administradores de la provincia y sus ciudades están haciendo de dioses serranos en sus roales olimpos. Siguen vivienda ajenos y distantes a lo que pasa en lo hondo de los valles allá dónde viven quienes les auparon a los altares. Pero algo preocupa últimamente a tan principales y principescos personajes. Un olor a desconfianza que flota en el aire les obliga a mesarse las nobles cabelleras y discurrir cómo y de qué manera podrían traer algunos de los denarios y riquezas que prometieron iban a dejar caer en forma de dádivas desde sus cumbres y moradas. Pasa el tiempo y si no se hace algo diferente a la nada nada sigue ocurriendo y, como en la historia interminable, la nada termina comiéndoselo todo y eso no se lo pueden permitir a estas alturas de la vida que, la peña de peñas arribas, se creía sería eterna. Despidieron a quienes les sostenían la corona de laurel y les susurraba que no eran i...