jueves, 30 de agosto de 2007

MIS SUEÑOS CUMPLIDOS


Para cumplir un sueño primero hay que tenerlo y para ello, antes, hay que conciliar el sueño. Escapar de la plaga de insomnio que nos azota últimamente y que llena las noches de vueltas y revueltas en la cama con los ojos a toda vela, surcando el mar de los sargazos donde los parpados se quedan varados. Abiertos de par en par.
Pero hay mucha gente que se alía con Morfeo y recibe sus abrazos y sueña sueños que es posible que se hagan realidad y se levantan por la mañana atesorando momentos que van más allá de hacer un viajar por el Caribe, ponerse al volante de un enorme coche o poseer más dinero del que jamás podrá gastarse. Hay gente que colecciona la sonrisa de su hijo pequeño dándose topetazos contra las paredes en su primera caminata espacial fuera de la cuna y balbuceando silabas inventadas que traducimos por papá y mamá.
Hay personas que creen estar, todavía dormidas, cuando les abrazan de esa manera calidad y amplia que solo cabe en los sentimientos verdaderos. Gente que se pellizca para notar que es autentico el instante en el que va de la mano paseando con su pareja. Enseñándosela a todo el mundo y todo el mundo se da cuenta de que feliz y saludan amablemente. Despertarse y darse cuenta que el reloj marca 50 años después y que aún se sigue aquí, con una larga historia genética a la espalda en forma de hijos y nietos que enredan en la vieja casa con un gran patio en el que todavía se está fresco.
Soñar sueños y hacerlos realidad. Demorarse en la cama y dejar que te envuelva el perfume y los olores de una mañana de verano que se cuela por la ventana abierta de par en par. Perder el tiempo abrazados mientras el calendario va dejando caer las hojas anunciando el otoño y ver los vulanicos volar y silbar una melodía de película.
Los más agoreros dicen que hay que tener cuidado con lo que se sueña, por que se puede hacer realidad. Yo pienso que a lo que hay que tener miedo es a lo que te quita el sueño y no te deja dormir en paz y te acuna en la pesadilla.
Así que cumplesueños feliz que diría el amigo de Alicia mientras le ponía otra taza de té

lunes, 27 de agosto de 2007

MIS TAPITAS


Práctico desde hace mucho tiempo el arte del tapeo, de chiquitear, de echar la “ligailla” con el mismo grupo de amigos cada sábado. Y es que menudo invento ese de “tapar” la jarra de vino con una loncha de jamón, queso o salazón para proteger el contenido de moscas y moscones y de camino evitar que los cocheros y palafreneros fueran con la diligencia gobernada por las beodas manos de Baco en unos tiempos en los que había que andarse con ojo avizor por esos caminos.
Así que gracias a las previsoras medidas contra el chofer borrachín se instauró esa inveterada costumbre la de poner tapa con el vaso de vino y la caña de cerveza. Y siguen quedando no pocos sitios en los que el precio incluye bebercio y comercio y así nació el arte de la tapa que ha ido desgranando en las barras de los bares notables hallazgos culinarios en los que ya ha quedado prendida la leyenda y el mito: ya fuera por la manera de cantar el catálogo de aperitivos por el posadero de turno como la manera de llamarlas que incluso ha ido creando un argot singular para cada pueblo y comarca.
Recuerdo el purgatorio, el infierno y el cielo. Distintas maneras de preparar el lomo a la plancha. Los montaditos, los caracoles, las almendras fritas, el calamar, el calamarito, el mero, las setas con gnomo, el champi. El boquerón, el boqueroncito, el pulpo, la melva, el pincho de tortilla, los pajarillos de la huerta, la reconducida hamburguesa, el pinchito, la carne de monte, el estofado de jabalí, las “cocretas” caseras, la croquetas del profesional, el cazón adobado, la cazuela con el ajillo, los caracoles, el arroz, los chistes, las discusiones de fútbol, las últimas noticias sobre amores y desamores, lo que pesa la hipoteca, los niños pidiendo un euro para la máquina de bolas, pon otra ronda que esta le toca al que se ha ido a mear la tele con Indurarían subiendo el Tourmalet la Sánchez Vicario llenándose la faldita con la tierra batida del Roland Garros, Alonso metiendo marcha, vasos escarchados y en caso de duda, pues jamón y cuidado con el lápiz que eres muy ligero que nos tomamos 1 y nos apuntas 20 y ves llenando que tengo arroz pa comer

viernes, 24 de agosto de 2007

MI BEBEDIZO FAVORITO


Está claro que España es un país de pociones, bebedizos, licores, filtros y bebidas de todo tipo, sabor y textura y existe una enorme catálogo de vasos y copas para elegir según sea de día o de noche, si se está sólo o acompañado, fardando ante la churri o simplemente disfrutando de uno de los placeres de la vida, que en su justa medida y volumen nos ayuda a saborear mejor cada momento y hay que evitar que los fundamentalistas de la prohibición, el veto y la veda nos impida tener acceso a algo tan viejo como el hombre, la mágica alquimia que convierte a bayas, frutos y demás vegetales en líquidos prodigiosos.
Yo les confieso que mi bebedizo favorito es la cerveza, fría, bien fría con su correspondiente tapa para darle a la conversación entre amigos. Pero no me negaran que no tiene su punto de mito chatear, no, no les estoy hablando ahora de Internet, por la ruta de tascas en buena compañía y salpicar el recorrido con la ingesta de vinos y caldos propios de cada tierra.
Darse el gusto popular de la humilde, pero siempre recurrente sangría al borde del pantano, la charca, la alberca, el río, el mar o la piscina olímpica. Que esta poción veraniega es capaz de estar a todas las alturas y rangos jerárquicos con su puntito de canela en rama.
Por que negarnos a probar un dedalito de brandy de Jerez para profundizar en el arcano de lo ocurrido en la solera con el jugo de la uva ambarina. No hay que dejar de lado la posibilidad de darle uso a la media docena de copas de cristal de bohemia que duermen el sueño injusto en el mueble bar y hacerle sacar chispas diamantinas con el cava tras una comida familiar. Saber si el güisqui tiene un rescoldo de carbón de roble, si las manzanas saben sacar sus burbujas en el lagar o cómo y de qué manera los vinos se casan, alna, arrejuntan, complementan y asocian con los sabores de los productos salidos de la mar, sacados de la tierra o apresados con artes cinegéticas.
Sí amigos, España es un país de bebedizos y con la mesura correspondiente porque no podemos aprender a saborear cada rincón de la península

jueves, 23 de agosto de 2007

SOY UN FAN


Pues sí, soy un fan. Un fan callado, silente, sin libreta de autógrafos y con el frigorífico libre de restos biológicos de mis ídolos. No guardo cabellos de él o de élla y mucho menos bocadillos mordidos por sus perfectas sonrisas. Soy un fan venido a menos, de los que compraban en el kiosco de Kubalita, aquel paisano que dejó el balón por la venta de la prensa y las chucherías, la revista el Cancionero. Revista semanal que ya anunciaba el Karaoke que vendría décadas después y en la que, en sus 64 páginas uno se podía encontrar las letras de las canciones que partían la pana de la época. Que era tejido que sólo se encontraba en los pantalones de los labriegos y en la de los políticos venidos a más.
Yo eran un fan de interior. De póster. De tener en la pared el cartel de 2001 Odisea en el Espacio o de All That Jazz. Un fan ecléctico, que lo mismo coleccionaba sobres sorpresa de Montaplex y discutíamos sobre la capacidad de ataque de los Zeros japoneses o de los Stukas alemanes, que lanzábamos diatribas sobre la posibilidad de dominio del pueblo Vulcaniano sobre la Federación de Planetas. De lo mañoso que era Cruyff y de la habilidad de Daniel Boone con el tomahawk.
Yo era un fan que escondía las ganas de convertirse en Estela Plateada y darle la barrila a Galactus mientras que gozábamos en el cine de verano comiendo pipas en el momento en que Emmanuel se hizo algo mas que un nombre de mujer y los furtivos y la trastienda eran la parte de atrás de un estanco en Amarcord.
Lo confieso soy un fan tibio de poca estatura coomo un hobit y llevo el anillo de compromiso colgado del pecho para que evitar que se me caiga en el fuego del monte del destino. Soy un fan venido a menos para subirse a mas como aficionado a las cosas que nos hacen como somos: vecino de Penny Lane, colega de Watson, conocido de Monsieur Daupine, compañero de viaje del señor Strogoff, camarada de Gregorio Samsa, agente de viajes para Phineas Fogg, balsero de la Monroe en el Río de la Vida y mecánico de motos para mister Macqueen. Soy un fan con un coche que se llama Enterprise y que Málaga es nuestro destino en el cuadrante de la galaxia veraniega y que el sistema estelar de Sierra nevada nos espera en la próxima estación, cuando el aire se llene de vulanicos y de balones de fútbol

martes, 21 de agosto de 2007

LA PRIMERA VEZ QUE VI EL MAR.


Soy un tipo de interior, con la costa muy alejada y al que el acantilado le pilla muy lejos y para mi la playa es un lugar de desembarco, no de echar el ancla. Tardé mucho en ver el mar pero si había oído hablar de él y lo que contaban eran asuntos de galeones, corbetas, profundos abismos habitados por el kraken, de rincones llenos de sargazos, repleto de resoplidos de ballenas blancas, de islas misteriosas y bajeles, y trirremes, y juncos, y goletas y tipos de tez quemada por el salitre con las orejas perforadas con aros de oro, patas de palo y garfios en lugar de manos.
Como les decía tardé mucho en ir a ver el mar por que me fui acostumbrando a la feracidad de las costas africanas con comodoros de 15 años y jugando a los grumetes con los hijos del Capitán Grant. Compartí litera con Arthur Gordon Pym y me asomé al vértice del Maelstrom y lancé mensajes en una botella vacía de Pernaud para Thor Heyerdal que vagaba por ahí con La KonTiki buscando la ruta de la totora entre las costas sudamericanas y la Polinesia. Me contaron que en la fosa de las marianas hasta el propio Everest perdería pié e imaginé pesados batiscafos soportando la presión de miles de atmósferas en una oscuridad animada por los cambiantes anzuelos luminosos de los peces abisales. Me hablaron de la dulce voz de las sirenas, del atractivo de la isla de Safo, de la cólera de Poseidón y de la arrogancia de un tal Jasón con su grupo de Argonautas.
Así que tantas y tantas cosas que contaban del mar que yo iba demorando bajarme a la costa y asomarme a tan prodigioso lugar mientras coleccionaba palabras como salitre, barlovento, escorar, eslora, pasar por la quilla, largar el foque, arriar la cangreja, fondear y naufragar… así hasta que un día me descolgué por el palo mayor de la nacional IV y me tope con el Mare Nostrum hediendo a crema bronceadora, con pescadores reconvertidos en hosteleros, lobos de mar alquilando pedalones y sirenas domesticadas haciendo bailar un balón de Nivea en la punta del hocico. Pero lo peor fue cuando el Capitán Nemo me ofreció en alquiler una colchoneta fabricada con los restos del Nautilus.
A veces creo que todavía no he visto el mar.

lunes, 20 de agosto de 2007

Y DE POSTRE...


Soy un hijo de la publicidad y a la más mínima salto como un resorte cuando me preguntan en un restaurante: ¿ y de postre? Pues de postre flan de huevo y leche, aunque luego me reconducen los otros comensales y me tiran de la rienda para acercarme el hocico a la maravilla del helado deconstruido; es decir que tiene el frío por un lado, el azúcar se intuye por otro y el barquillo te lo dan en una bolsa de color plata envasado al vacío;
Creo que esta modernidad de poner los postres con la cadena del ADN al aire es algo que le quita a los postres su principal bastión que no es otra que la de ser la guinda de la tarta y que detrás del último no hay nadie, salvo el puro y la copa de cazalla, aunque como ya tampoco se puede fumar ni beber en los sitios públicos el postre con teja de canela es lo que hay para aguantar la sobremesa.
El flanin de toda la vida ha desaparecido y el bizcocho borrachuelo es ahora una suerte de alquimia panificada con levadura chipriota ligada con esencia de flores de enebros traídos desde el fondo más negro de la selva negra y cuyas maderas sirvieron para fabricar robustos relojes de cuco.
Antes la gente se reservaba para los postres que eran lo mejor de la comida y pasaban de las carnes; que ahora llaman presas; de los suculentos pescados asados a traición, por la espalda y se relamían esperando la cascada de azúcares, anises, almendrados y ralladuras de limones y naranjas y se encuentran naufragando en enormes mares de cerámica blanca en los que se han convertido los pequeños y pizpiretos platos de postre. Al igual que las cucharillas y tenedorcillos que ahora son refulgentes piezas de latón bruñido que sirven para remar en los lechos de jengibre trufado con productos del bosque de parque natural 100% y te ofrecen una suerte de miniatura con reminiscencias árabes con recuerdo en paladar de avellana, regusto a corteza de palmera datilera y que provoca regüeldo con aromas de ron de caña y rescoldo con sutiles y ambarinos reflujos que apenas se convierten en eructo.
Así que el pijama se ha quedado desfasado y el melocotón en almíbar ya solo se pone en los menús de los sanatorios. Y es que algunos postres ojalá fueron un pestiño.

viernes, 17 de agosto de 2007

LA RADIO QUE ME PARIÓ

La radio que me parió era una Vanguard de seis pilas (de las normales) forrada con una funda de cuero ribeteada en rojo. Era una radio coqueta que cuando se quitaba el traje dejaba ver el plateado de su imponente chasis y los zarcillos en pasta azul que le perfilaban la aguja del dial. Sonaba con voz clara de patio en verano recién regado y se colaba por las ventanas abiertas de la casa de la calle en las que se oreaban las camas con sus historias y sus secretos.
La radio que me parió regalaba canciones dedicadas a una eterna niña Mañuela que siempre estaba haciendo la primera comunión de parte de sus padres que jamás la olvidarían. De modistillas, que entre pespunte y dobladillo, saludaban a Pepe que está en la mili y que entre alforcita y primor suspiraban enamoradas hasta las trancas por mozos aún por conocer.
En aquella radio sonamos por primera vez cuando fuimos a la radio (se llamaba igual el continente que el contenido) y en el estudio teatro participamos en el concurso comarcal de villancicos. Era una sala enorme, con butacas de madera con el barniz perdido y un escenario sobre el que colgaba un enorme micrófono en el que el presentador engolaba la voz para ir dando paso a los concursantes. Así a pelo y con su lana cantamos María, María ven acá corriendo que el chocolatillo se lo está comiendo, mientras nos imaginábamos miles de Vanguard encendidos y nuestras voces llegando a todos los sitios.
Aquello fue como salir en la tele, pero si necesidad de poner las vergüenzas al aire como en el Diario de Patricia, no ganamos, pero pasamos a la siguiente fase y durante dos días sacamos pecho mientras que la radio que me parió sacaba antena de puro orgullo ante la abuela de la cómoda, una añosa radio de válvulas que no para de gruñir enchufada al elevador, que el pañito le hacia daño en el culo.

jueves, 16 de agosto de 2007

MIS TERRORES FAVORITOS

MIS TERRORES FAVORITOS

Hay gente, como yo por ejemplo, que echa a correr sólo cuando le persigue alguien o algo y que es un comportamiento que pone de manifiesto que el miedo nos hace más ágiles, más rápidos y más fuertes. Porque un tío realmente asustado corre como una gallina, o sea que se las pela y por eso las aves de corral no tienen plumas en las patas…
Por eso amigos el miedo, el pánico, el terror, el horror es necesario para mantenernos alerta y en guardia que vive una ardilla más por cobarde que por ponerse chula ante el aleteo de un búho. Y en el cine pasa otro tanto de lo mismo.
Y les pongo ejemplos, por qué la rubia neumática se levanta de la cama en plena noche al oír ruidos en el jardín, a los cinco minutos de película ya le han atravesado el pecho con un rastrillo. Hay que ser menos valiente, el protagonista, quien sobrevive, siempre es el que mas corre y el que más grita como un hamster acojonado.
Ahí va otro ejemplo, por qué el graciosillo del grupo sale de la tienda de campaña ha hacer un pis si hace media hora que le han cortado la cabeza a su colega de chistes. Pues claro tanta inconsciencia le cuesta el puesto en el reparto y el asesino se carga, directamente a la morena coñazo a la que le tiraba los tejos de un certero golpe.
Y qué me dice de la familia plasta que no sospecha que le han metido un pufo con maldición incluida al venderle a precio de chamizo una mansión en las montañas. Hay que ser pardillo para no saber que allí hay asesino encerrado. Pero claro la gente se ciega con el oropel y no es precavida y luego pasa lo que pasa que mueren todos sus vecinos y el sheriff del condado por que en estas historias nunca perece ningún miembro de la familia protagónica y el muerto siempre le toca otro.
Por eso amigos les aconsejo que sean cobardes, precavidos y desconfiados. Nunca entren en una habitación en la que ponga prohibido el acceso y corran si su vecino, el del quinto interior izquierda, llega del Leroy Merlín con una motosierra nueva, que seguro que no es para podar el ficus del balcón… sobre todo… por que todos sabemos que su piso no tiene balcón.


MI FONDO DE ARMARIO

MI FONDO DE ARMARIO

Amigos. Amigas. Para ser gente moderna y estar a la última hay que tener lo que hay que tener en el fondo del ropero. Esas prendas que son las que nos dan personalidad y advierten a los que nos miran de que se están topando con un autentico depredador de piscina municipal, el rey del chiringuito, el jaguar de la disco boite o el tiburón del ambigú.
Si amigos, si amigas hay que tener el atuendo adecuado para medrar en el ecosistema textil y poner los puntos sobre la íes, las cosas en su sitio y para ello es imprescindible tener: Varios pares calcetines de color blanco con sus rayitas azules y blancas y que no le falte el bordado de las dos raquetas de tenis cruzadas en el empeine. Calcetines que van a sacarle todo el partido a las sandalias morunas de mercadillo de miércoles, a los kiowas símil piel de Zapatos El Barato y a los vaqueros pitillo marca Luís el del Chaparral. Es imprescindible tener un par de jerséis con cuello a la caja y con el hermosos motivo de rombos que tanto han hecho por la elegancia. Con elástico de 20 centímetros, riñonero, para marcar abdominal y que se vea bien, el cinturón con hebilla de imitación cobre con un León de las cortes sujetando una bola en la que se lea: recuerdo de Madrid.
Es vital poseer varias camisas en colores primarios para combinar con los sueters de pico en amarillo canario y en rosa palo que se llevan siempre mucho en los saraos playeros en las noches de verano. Por cierto hay editado un manual con las 1000 maneras de anudarse el saquito sobre los hombros, el cuello o la cintura y dar así mensaje subliminales a los del velador de enfrente.
No deben faltar los chemislacoste y fred perry superpuestos para, con graciosa naturalidad, conjugar los distintos tonos de piqué.
No se considera derroche para el ciudadano elegante la bermuda tropical con bolsillo lateral y cordón elástico, terminado en unas bellotas de plástico, a juego con el poliéster negro de la riñonera en la que se puedan llevar cómodamente las llaves de la C-4 y el número de la taquilla del vestuario.
Imprescindibles las siempre recurrentes T-Shirts con la leyenda: alguien que me quiere mucho me ha traído esta camiseta de O Grove. El reloj de pulsera regalo del chiringuito de la Playa: de la hora con J.P.
El tubo colgado al cuello para guardar el billete de cinco euros y la sortija que regalaba un maraca de chopper por comprar cuarto y mitad.
Y por supuesto una gorra de visera, que coqueta, anuncia pinturas plásticas de La Chica.


Con todo esto ya no será necesario mayor inversión en v estuario será el rey del verano, el rey a su aire


sábado, 11 de agosto de 2007

VIVO EN LA CARRETERA.


El día que volcó el camión de helado cerca del pueblo, cogimos las motoretas tuneadas y un par de cucharas y le dimos al pedal para llegar pronto a La General, antes de que se derritiera aquel manjar de sabores y colores que se iba por la cuneta.
La guardia civil dejaba hacer, aquella mercancía no era igual que la de muelles de la pasada semana y que lleno el pueblo de boings, boings, décadas antes de que naciera el fenómeno Sabrina.
Y es que la General, no nos atrevíamos a llamarla carretera, era la que traía y llevaba los acontecimientos. La primera vez que vi un extranjero fue en el cruce de la Bailén-Motril que se detuvo a preguntarnos por la dirección a la capital, ya que la señal tenía tendencia a caerse por culpa de los aperos de los tractores que se le llevaban por delante un día si otro no. ahí descubrimos que había otras maneras de comunicarse y que el francés sonaba muy distinto al que escuchábamos en el magnetofón de don Manuel con el método Sonimage. Y que los haigas existían, aquellos si que eran coches y no el Gordini de Manolo el de taller que nos arreglaba los pinchazos de gañote si le hacíamos algún que otro recado, como irle a por un biscuter fresquito al hotel cercano, donde buscábamos chapas y esperábamos a algún famoso que parará a tomar café camino a Sevilla o la sierra de Andújar de montería.
Con el paso del tiempo las motoretas se convirtieron en mobilettes camperas, en vespinos o derbis variants; había un modelo que arrancaba con un botón, motillos de gas que apenas le llegaban al tubarro 75 sport de las derby coyote trucadas o las Duch cóndor con el pistón lijado. Para cuando eso ocurría a la guardia civil se le metió en la cabeza que teníamos que ponernos casco y pagábamos las multas con papel del estado que vendían en el estanco del Paseo, antes de que se enteraran los viejos, por que si no no te salvaba la crisma ni el casco de la rieju.
Comenzaron a proliferar los 127 sport y los crono. Los 1430 y los 131 supermirafiori y comprendimos que para ir de feria no era necesario ser turronero y hubo quien compraba una barra de hielo para, con ella al hombro, entrar por la cara en las galas de los pueblos cercanos: diciéndole a los porteros soy el de hielo p´a los cubatas….
Y poco a poco prosperábamos y la general parió otro carril y se convirtió en autovía. El 127 se convirtió en un volswagen polo y el 14 30 en un Renault cinco turbo. Los cojines de aguja de gancho de la bandeja fueron sustituidos por un naranjito y el ocho pistas por un radiocasete auto reversible que hacia sonar las cintas TDK a toda leche, y así íbamos por esa carretera que siempre llevaba a casa, por que todavía la señal de A la Capital 300 se sigue cayendo por culpa de los aperos de los tractores.

miércoles, 8 de agosto de 2007

EL INGENIO DEL COPISTA



Si hay algo que agudiza el ingenio eso es la pereza. De qué manera si no se inventó el mando a distancia… pues con un vago en el sofá pensando en como cambiar de canal sin perder la postura.
Así que de la pereza del estudiante nació la técnica del copión que consiste en estirar el cuello hasta llegar al pupitre de delante y fusilar la lista de los Reyes Godos. Pero no basta con tener el pescuezo elástico como un galápago hay que conocer a las personas para elegir a la víctima adecuada. Tener psicología y copiarse de alguien que sepa más que tú, por que de lo contrario vamos derechos al cero pelotero. Una calificación que el gran copión debe evitar para mantener su prestigio: mira, ahí va el Gran Copión, sin abrir un libro y todo notable y además han suspendido a toda la clase por haberse copiado de él. Es un artista….
Y que me dicen de los chuleteros, de esos amanuenses que son capaces de meter en un billete del metro la tabla periódica, los ríos de España con sus afluentes y además les sobra sitio para resumir la Guerra de los Cien años con su lista de bajas completa. Son unos héroes, que al contrario que el copión trabajan a destajo, tanto que si dedicaran el mismo tiempo a hincar los codos que a fabricar chuletas aprobarían de calle… pero ¿hay honor en aprobar estudiando?, ¿no es mejor desafiar al siempre vigilante profesor y desenrollar del BIC las obras completas de Alberto Vázquez-Figueroa y sacarle un diez sin que se dé ni cuenta?.
¿No es hermoso esbozar una finta bajo el pupitre y escamotear el libro de texto abierto, justo, por la página en la que está la respuesta al maldito logaritmo neperiano? ¿Disfrutar de ese momento en el que tus compañeros comienzan a sudar frío por que te van a pillar y justo en ese segundo poner cara de ángel y sin pestañear responder a la pregunta: ¿Gutiérrez, no estará copiando…? Don Ángel no sería yo capaz de tal cosa y tragarte, sin que se te salten las lágrimas, los dos metros de papel higiénico en los que habías anotado la conjugación del verbo haber, con su indicativo y su subjuntivo, y todos sus personas y sus singulares y con sus plurales… que don Ángel iba a pillar a los desprevenidos.
Y qué contarles de los lápices tallados con jeroglíficos tan exactos que las ecuaciones de segundo grado eran coser y cantar
Esos vaqueros con los apuntes de química entre los pespuntes. El cajón secreto del plumier que se abría con un rico contenido en aprobados.
El prospecto del jarabe para la tos que escondía en la posología por qué pasó lo que pasó en Trafalgar...
Esto, por supuesto es algo que yo nunca hice y si me coincidió la respuesta con Perales fue por pura casualidad que ambos en la traducción de francés pusiéramos yes en lugar de Oui y no sirvió, que el yes tuviera acento de Montmartre

sábado, 4 de agosto de 2007

VERANOS DE KIOSKO



En aquellos veranos el concepto de vacaciones no estaba tan extendido y asumido como hoy en día. Tanto era así que las vacaciones en la escuela se llamaban hacer punto. O sea punto y final al curso y ha hacer el zangolotino por la calle durante todo el día, con el obligado paréntesis de la siesta, para no molestar al vecindario.
Arriba los "mantecaos", abajo los polvorones: que les digan a los maestros que nos den las vacaciones. Esta era la canción que mas sonaba en los patios, ya fuera el de niñas o el de niños, a la hora del recreo cuando ya apretaba el calor.
Y ya fuera por insistencia o por que la ley así lo contemplaba conseguíamos reducir la rocosa convicción de los maestros y nos daban punto y casa con todo un largo verano por delante.
Eran meses de temporada alta para los kioscos de Gabriela o del Charnaquero por que una patulea de niños sin brida, se desbocaban en estampida con una peseta en la mano para comprar los tesoros que colgaban de un cordel y pinzas de madera en el sancta sanctorum de la diversión: el kiosco.Aquellos establecimientos siempre estaban a la última. Marcaban modas, temporadas y tiempos: así que si llegaba la hora del trompo los kioscos se llenaban de chiripas, puntas de hacha y perinolas. Que llegaba el momento de las pistolas de agua, casi por arte de magia las estanterías se llenaban de armas de plástico esperando el cargador hídrico de la fuente de la plaza.
Y así ocurría con las estampas del fútbol. Aún no se había inventado lo de la Liga de las Estrellas, pero los cromos de Cruyff, Asensi o Nezter casi nunca salían y costaban varias docenas de “repes” convencer al dueño de alguno de ellos para poder contemplar el álbum.
Había quien usaba el pegamento que llamábamos de mocos, por que en la caja hacía gala de su poder adhesivo en la trompa de un elefante que quedaba preso por aquella sustancia. Pero los más nos hacíamos gachas con harina y agua para pegar las estampas y así quedaban los álbumes: con más tomos que En Busca del Tiempo Perdido de Proust.
Lo difícil era conseguir la peseta o la moneda de diez reales para comprar todas aquellas delicatessen. Sableábamos a las titas, a los abuelos y sisábamos en la compra de las carterillas de Los Polluelos, que como dice mi amigo Cárdenas tenían poder mágico, siempre se les olvidaban a nuestras madres.
Y así con el botín nos acercábamos al kiosco para comprar un tebeo de Hazañas Bélicas o del Sargento Gorila o sobres sorpresas que siempre traían un cuento apaisado del Capitán Trueno o del Inspector Dan para los niños o de la colección Azucena o Pumby para las niñas.Entre las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía y Clark Carrados se vendían Pumbys, Jaimitos y Pulgarcitos con las aventuras de Carpanta, Zipi y Zape, Anacleto, Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio o Gordito Relleno y así íbamos pasando el verano de la casa al kiosco, del kiosco a la plaza jugando a los libretes, a las chapas y darnos pelotazos con el balón de Curtix y los bolsillos llenos de sazis, trompos y muñecos de plástico. Con la ingenua seguridad de que las vacaciones darían para siempre, pero con las primeras tormentas de agosto y la llegada de los vulanicos los pintores del ayuntamiento encalaban la fachada de la escuela y la alarma saltaba en los empresarios quiosqueros. Era el punto y final de otro verano y nos apurábamos a degustar las últimas golosinas heladas, de polo a polo flag, de la temporada.

AMARILLO SUBMARINO ES


Los colores siempre han tenido una gran importancia, sobre todo cuando la televisión todavía era en blanco y negro y nos movíamos en esas escala infinita que va del blanco al negro, así que los colores eran imprescindibles para bucear en la realidad de nuestros ídolos y nos ingeniamos mil y una formas para darle colorear nuestro entorno. Recuerdo que hace ya muchos años se pusieron a la venta unos papeles de celofán, azul por arriba, verde por el centro y marrón justo por abajo. Era un artilugio que se ponía delante de la pantalla del televisor y así se podían ver los dibujos animados con colores y los mayores aseguraban que así no se te quemaban los ojos de tanto mirar la pantalla y descansaba la vista. Cuando el azul del cielo coincidía con el azul del celofán era casi mágico… era la maravilla del color. Pero lo normal era que la barriga de Cannon saliera de color marrón y la gorra de Tejota en el Tejado de color verde… pero era lo que había y la vista descansaba una barbaridad. Mientras en la radio los locutores se empeñaban en decir que hacían un programa en colores cuando la FM nacía con el sufijo en estéreo, que poco o ningún resultado le sacábamos en el Vanguard de estuche de cuero y menos con aquellos auriculares de una sola oreja que causaron no pocas lesiones internas en el oído de tanto empujar el cerumen hacía dentro para intentar disfrutar de ese “estéreo” que daba color a la música. Música que pintaba de amarillo a los submarinos, que obligaba a atar cintas del mismo color alrededor del viejo roble, mientras nos preguntábamos que demonios era un roble. Que el amor pintaba con tu nombre las paredes de la casa y no ya nos veíamos contratando a los pintores para rotular el salón con “Pepi” la del quinto “A” y aguantábamos estoicamente el cabreo, zapatilla incluida, de la madre por aquella demostración de enamoramiento graffitero al lado del mueble bar. Los Rolling Stones se empeñaban en pintarlo todo de negro, como los capítulos de en Los Límites de la Realidad y nos acojonábamos con la posibilidad de que el sacamantecas nos raptara por volver tarde de la escuela. En el cine los colores iban del rosa al amarillo, y en mitad se colaba el rojo de las capas de los centuriones romanos que se empeñaban todos los domingos, en sesión matinée, en capturar a Maciste, un forzudo que le sacaba los colores al imperio con su moreno de playa del mar Tirreno. Los colores eran fundamentales en aquella época, repito y reitero. Te ponías colorado cuando te acercabas a ella, blanco cuando el maestro te pedía la redacción “Un día en el campo”, que por supuesto no llevabas en la cartera. Verde cuando te tenías que tomar las vitaminas para ver si engordabas un poco y azul, cuando en enero te subía el cierzo por los perniles de los pantalones cortos. Rosa cuando te entraba la calentura propia de otro estirón y negro cuando Andresín te ganaba a las chapas… como siempre. Por eso nunca nos extrañó que hubiera un submarino de color amarillo o que a Martín, el del pelón azafrán, le pusieran de mote el bombero, porque siempre llevaba el casco rojo.

LOS PUCHEROS DE MI MADRE SI QUE TENIAN MAGIA.



Pues sí algo de mágico y de milagrosos tenían que tener aquellos pucheros que eran capaces de mantenernos erguidos en unos enormes y afilados pies con unas piernas de alambre que eran todo rótulas hasta por las corvas. Y sobre las que caminábamos tambaleándonos con el peso de la cabeza que se equilibraba gracias a las orejas que el barbero te dejaba libres de pelo para que hicieran mejor de contrapeso.
Como les digo algo de milagroso y mágico debían de tener aquellas pociones, filtros, bebedizos y jarabes que humeaban y burbujeaban constantemente en la cocina y en la el plástico todavía no había llegado y en la que nos mandaba a comprar el pan con una bolsa de tela a tiendas de ultramarinos que se llamaban igual que quien estaba detrás del mostrador y la balanza.
Quiero recordar las increíbles propiedades que tenía el pan con chocolate de la merienda que era capaz de resucitarte de las dos horas de clase que había por la tarde en la escuela y que viendo a Clarecen, el león bizco de Daktari. Engullíamos con tanta maña que la onza de chocolate se terminaba a la par que el bollo de pan. Y con aquello teníamos energía para jugar un partido a 10 goles o imitar a ángel Nieto corriendo como las motos cambiando las de marchas a grito pelado y otras mil cosas propias de cada barrio, plaza y calle.
La verdad es que no se que hubiera sido de nosotros si hubiéramos tenido la posibilidad de catar los caramelos bajos en calorías, las gominotas Light, el bio-maíz tostado, las pipas envasadas al vació y cultivadas bajo las mas estricta normativa ecológica, los gusanitos enriquecidos con ácido láctico y omega-3 y los chicles extra-largos con sabores tan exóticos como el mango o la maracuyá.
En fin aquellos pucheros si que tenían magia y en el kiosco era mucho más fácil o eras de menta o de fresa… lo demás era complicarse la vida.

viernes, 3 de agosto de 2007

LO QUE ME CABREA



Cabrearse es un arte que se aprende con el paso de los años. Uno de niño no se cabrea: explota enfadado y a los dos minutos ya ha vuelto a la normalidad olvidando el motivo de la furia pasajera. Pero con el tiempo vamos aprendiendo a dosificar y a regular el cabrero para hacerlo más intenso y más largo para saborearlo mejor y volver a cabrearnos cuando ya se nos ha pasado el primer cabreo.
Pero no todas las personas se cabrean o enfadan por los mismos motivos. Hay un tipo de cabreo para cada persona y esa manera de cabrearse es lo que define ante los demás. Así el hincha futbolero gritará como un energúmeno contra el árbitro por el penalti recién pitado y su compañero de grada, uno que pasaba por allí se cabrea con quien profiere esa sarta de insultos y lo mirará con una ceja levantada, mientras que otro tipo se dará cuenta de que este lechuguino es un estirado y que se cree superior a los demás y le tirará una lata de cerveza a la cabeza, por finolis. Y desde la televisión la mujer se cabrea con aquel tipo tan bruto que le tira cosas a la gente fina y hará un comentario grosero contra ese deporte ruidoso que hará que su marido se enfade por que no puede ver con tranquilidad un partido que le ha costado 10 euros en el “peiperviu” y su amigo, invitado en el sofá de al lado, se cabrea con su colega por tener tan malas maneras y que se marcha airado para salir a la calle y encontrarse con un chaval a bordo de una discoteca rodante que chimpún, chimpún viene cabreado por que el “trócolas” le ha mojado la oreja en la exhibición de “tunning” y algunos vecinos se cabrean por el ronco ruido y patean a sus perros y mascotas que salen a las aceras cabreadas con las grasas y los colmillo fuera a pelarse, mientras que la Policía Local se cabrea por todo el follón que se ha armado y por estar de guardia en una tarde con partido y salen, libreta de multas en mano, tras el primer infractor que pillen in fraganti que no es otro que el guarro del tercer del séptimo b que siempre tira la basura a deshoras y que está cabreado por que su primo no le sacó la entrada para ver el partido de hoy y poder chillarle al árbitro los penaltis mal pitados.
Que cabrearse es todo un arte

miércoles, 1 de agosto de 2007

LA BANDA SONORA DE MI VIDA.




Lo bueno sería que uno escuchara con atención, como en la películas que tipo de música suena cuando va a dar un paso trascendental en su vida y así, escuchando la melodía, sabríamos si vamos bien encaminados o directamente de cabeza al precipicio.
Porque si aquella mañana, cuando el examen de matemáticas sobre las ecuaciones de segundo grado, uno hubiera podido oír con aquella orejas de soplillo, el guan gua guan de la trompeta con sordina no se hubiera quedado con el apodo del “nublado” por qué no despejó ni una incógnita
Si es que la música ayuda mucho en las películas, de qué si no James Bond sabe que el rayo láser no le va a dejar la entrepierna chamuscada como un pincho moruno: pues por que suena al mismo tiempo el Toreador, Toreador, que es tonada de fuerza y esperanza.
De la misma manera, el día que me declaré a la Mari, yo creía que lo que sonaba eran los Beatles y lo que realmente escuchaba ella era a los Iron Maiden desbocados y me quedé con un palmo de narices con el poncho al aire como en la Muerte Tenía un Precio.
Mucho que costó resarcirme de aquel disgusto y ya tomaba más precauciones y antes siempre pregunté que era lo que ellas oían: si me decían que 4 bodas y un funeral hacia mutis por el foro y si por contra era el Guardaespaldas sabía que tocaba guardia y nada más, y si era Andy Williams con la canción de el padrino ya sabias que lo de estoy sintiendo tu perfume embriagador era por los pinrreles y los alerones...
Pocas veces sonaba Memoria de África o el tema de Lara que en estas latitudes ir bajo la nieve en un trineo cubierto de pieles de reno es harto difícil. Así que me, sonaba más el silbido de Kurt Savoy en el bueno, el feo y el malo, que ese es el reparto natural de los papeles en los grupos de chavales y que te tocan por proximidad estética y moral. No hay enchufe que valga.
Hace años me ponía malo por al fiebre del sábado noche. Ahora me pongo malo en la mañana del domingo siguiente. Es la resaca, como una canción de Torrebruno en una película de Pili y Mili. Una tortura.
Ahora me va más, sobre todo cuando corro con el trotecillo cochinero el piano relajado de Michael Nyman que la sincopada Shakira no es buena para mis rotulas y lo que queda de los meniscos.
Aunque la mejor banda sonora es esta, la que escuchan, la de la radio de verano, bálsamo para mis contracturas.